Huracán anunciado ¿Peligra la Ciudad de las Columnas?
Por Félix Guerra
Esta historia es recurrente: cada año sufrimos una temporada ciclónica. En lo adelante, según pronósticos y a causa del calentamiento global, tales eventos serán mayores en cantidad e intensidad. Algún día sabremos con certeza que la NO firma del tímido Protocolo de Kyoto por Bush fue el comienzo visible de una debacle ecológica nunca vista por ojos humanos ¿Qué nos espera a los cubanos, nos preguntamos, luego de ver nuestras pérdidas e imaginar también la suerte de otras pequeñas islas de Las Antillas que nos acompañan en la Historia, en la Geografía y en la Sangre? Vivimos, en el Caribe, en un verdadero desfiladero, periódico y estrecho, de hecatombes. Haití, país ya devastado por sucesos políticos de toda laya, en 2008, y hasta noviembre, es quizás el país del planeta proporcionalmente más castigado por la fuerza combinada de vientos y aguas huracanadas. La imaginación no basta para tener un pequeño inventario de las calamidades que ocurrieron y ocurren allí a diario.
Santo Domingo y Jamaica casi no escapan nunca. Y todos nosotros, los mencionados y los no mencionadas, caribeños de aquí y de allá, nos vemos obligados constantemente a recordar aquella odisea de Sísifo remolcando una gran piedra hacia lo alto de la montaña sin que la naturaleza, en este caso, nos permita culminar los esfuerzos.
Es un fatalismo geográfico de otra índole que no es fácil contrarrestar con ideología, patriotismo, sentimientos de independencia y soberanía. Es la furia coaligada de los elementos, en unas coordenadas planetarias muy castigadas ya por el saqueo secular de las metrópolis antiguas y modernas. HURACAN ANUNCIADO Un asunto estremecedor en particular: desde hace una década aproximadamente los cubanos y sobre todo los residentes en Ciudad de la Habana no hacemos una y otra vez la misma pregunta: ¿Qué ocurriría si un huracán de estos de intensidad uno, dos, tres o cuatro cruzara sobre la Capital? Año tras años, es lo mismo: un milagro quita a última hora a la Capital de los cubanos del trayecto directo de esos monstruos inasibles e irascibles de aire y líquido y termina la temporada ciclónica solo con rasguños: derrumbes aislados de árboles y viviendas, etcétera. En la Ciudad, sin ciclones, solo con algún poco de agua, a diario se derrumban entre dos y tres viviendas, que a veces son edificios múltiples. Es una arquitectura no solo antiquísima, con un siglo o mucho más, sino que adicionalmente recibieron muy poco o ningún mantenimiento en medio siglo. Y la Ciudad de la Habana no es una megápolis pero si alberga unos dos millones de habitantes más una población flotante que oscila constantemente. ¿Estamos preparados para ese huracán, que si no pasa este año pasa el otro o el otro? No es una pregunta agorera, es una interrogante prudencial, por aquello ya manido de que vale más precaver que tener que llorar y lamentar. Y no se trata de cualquier cosa: hablamos del símbolo mayor de la resistencia, con un bandera permanente ondeando sobre el archipiélago desde la gran altura del Morro. Mi experiencia de estos dos huracanes me dice que NO estamos preparados. La conclusión nos tocó de cerca. Una vieja casona, de a principios del siglo XX, que fue declarada inhabitable hace más de 25 años y nunca la apuntalaron al menos, cedió un poco más y sus añejas vigas se pandearon como si fuera melcocha: algunos trozos de la fatigada techumbre se vinieron al suelo y no soportará mucha más agua. Vivimos a mitad de septiembre y nos queda todo octubre y noviembre por delante. Las gestiones comenzaron: cada día, para ayudar a esa tía de 82 años, carreras de un lado para otro, que se iniciaban en el Poder Popular del Municipio y concluían en una y otra oficina de estos y de lo otros. Unas seis estadías diferentes por jornada cotidiana. La historia se repitió varias veces, hoy no por esto y mañana por lo otro, fulanito está para una reunión y fulanita no vino a trabajar hoy. Al fin un día el Rastro dijo: Aquí están los materiales, vengan mañana. En el transcurso la familia comprendió que no podía trasladar los materiales a la misma vivienda a reparar. Diez sacos de cemento y unas tejas acanaladas que o no resistirían el agua o que sucumbirían durante la demolición total de los techos (fue el dictamen de ingenieros y arquitectos), en cuanto cuando llegara la brigada que se ocuparía del derrumbe. Hubo que llevarlos a otro municipio y almacenarlos allí hasta ver. Esto ocurre en un segundo piso. Pero los vecinos del primero, que viven casi prácticamente ajenos a la tragedia, tal vez ignoran que posiblemente esa demolición los va a afectar. Esto lo hemos pensado pero sin tiempo para preocuparnos demasiado por el asunto. ¿Y cuando comienza la brigada de demolición para que después venga la brigada que pondrá las 100 tejas acanaladas donde había un techo fortachón de vigas de maderas duras, más madera, relleno, lozas, etcétera? Bueno, la brigada vendrá, dicen, en cuanto alberguen a los ocupantes, la anciana y un hijo con incapacidad laboral, que continúan allí, bajo aquella precaria mole de piedras. Pero ocurre, es lo que nos han dicho ahora, que no hay albergues disponibles en Ciudad de La Habana ni en la periferia. En Ciudad de la Habana ni en su periferia, eso informaron. NO hay albergues disponible con solo los derrumbe que provocó un huracán que pasó por Pinar del Río. ¿Que sucedería si ese mismo huracán hubiese cruzado 100 kilómetros más acá? Los que han visto la Capital por dentro, Centro Habana, Santos Suarez, Habana Vieja, Cerro, Regla, Guanabacoa y otros, con sus arquitecturas maltrechas de los siglos XVIII, XIX y XX, pueden tal vez calcular la dimensión de la catástrofe. Una parte de las viviendas que el huracán o los huracanes derrumbó, ya habían sido condenados de antemano por las imprevisiones y el burocratismo. ¿Cuánto papeleo e idas y venidas, cuánta amargura e ira, cuesta un trámite en ese terreno para reparar, reconstruir o construir una vivienda en estos años? Se acumularon prohibiciones y papeles y leyes, que no velaban ni por el futuro del fondo habitacional ni por los ocupantes de las viviendas, hasta convertir un bloque en un lujo que costaba y cuesta, antes de ciclón, hasta 10 pesos, mientras un saco de cemento vale la mitad del dinero de un buen salario mensual. Exceptuando los edificios de microbrigadas, las casas que vi construir en los últimos tiempos, con dinero de remesas o mal habidos, hoy no están en el suelo. Esas viviendas las salvó la familia de afuera o el soborno y hasta la casualidad. Es la verdad franca, sin pelos en la tecla. Cierto que nadie hizo dinero ni se enriqueció con la construcción de viviendas, salvo funcionarios locales de las vivienda, además de algunos empleados de los Rastros de Materiales. Si ese era el objetivo, se logró plenamente. Consecuencias irracionales de un miedo irracional. Para luchar contra ciclones y huracanes el primer paso es desmontar la maquinaria diabólica y burocrática, lucrativa, de funcionarios del Estado levantando o bajando el pulgar ante cada petición de la población, que son vitales también para la Nación. Y no estoy hablando solo por infinitas experiencias ajenas, porque también mi familia y yo tenemos también nuestras propias vivencias. Hace falta un plan inmediato, acelerado, vigoroso, sin trabas, sin burocracia ni muchos papeles, para desarrollar la industria de la construcción. Hace falta desaparecer de la faz de la tierra cubana esa institución que la población llama con rencor La Vivienda. Y sustituirla por otra cosa, con otro nombre y otros métodos de participación del afectado, erradicando esa lacra burocracia sin alma que vive de desangrar al ciudadano. Construir casas adecuadas a nuestro tiempo de huracanes, que tiende a empeorar, con un plan diseñado por los mejores arquitectos e ingenieros del país, calculando los múltiples y complejos ángulos de la situación, sería en lo adelante lo que razón y lógica indican. ¿Más tejas condenadas para el próximo ciclón es lo único correcto para contrarrestar la furia del huracán de hoy. A pesar de todas las filosofías y disquisiciones, el futuro existe. Inculcar confianza, optimismo, no está mal, pero se volverá incredulidad y más escepticismo si el Estado, amo y señor de los recursos disponibles y no disponibles, se limita a arengas y peticiones de paciencia. La imaginación y el riesgo y la audacia revolucionara consistiría ahora en adoptar decisiones que siembre una verdadera expectativa de cambios al respecto, para que el hueco que traen dentro las palabras no se sumen a viejas esperas, promesas, paciencias y frustraciones. Ciudad de La Habana, como ciudades capitales de otras provincias son patrimonios de Cuba y de la Humanidad. Arquitectura irrepetible. ¿Qué significaría en el terreno de la Economía, la Política, la Ideología y las Esperanzas, si esa terrible debacle de huracanes de gran intensidad cruzando sobre nuestras ciudades más legendarias, acaeciera algún día lejano o cercano? ¿Cuántas luces quedarían en pie en majestuosas ciudades anteriores al Siglo de las Luces? ¿Cómo pasear por los portales y volver a tocar aquellas columnas de nuestro orgullo y cubanía?
POEMAS DE LA SANGRE COTIDIANA
Septiembre 23 de 2008







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