Quién no se ayuda nadie lo puede ayudar. Quién se ayuda de todos, en particular de su pueblo, tiene toda la ayuda.
Articulo de Félix Guerra
Quien solo vira los ojos, mirando atrás, hacia Marx o Lenin, por ejemplo, para intentar hallar soluciones en contextos difíciles y complejos, es un feligrés en apuro. El valor de la teoría y del viaje a los orígenes resulta incuestionable, pero hoy por hoy escudriñar en solo una dirección o en unas pocas, estrecha la capacidad periférica del mirador.
La incapacidad de ver amplio reduce drásticamente la imaginación hasta del más hábil espectador.
Toda obra humana, antigua o moderna, incluso posmoderna, incluso la nuestra propia, incluso el uso del innato sentido común, de la lógica elemental o formal, nos puede servir de algo. Cualquier observación, análisis o debate tienen por cierto mucha utilidad, siempre que sean oportunamente previos, sinceros, inclusivos y multilaterales. A menos, por supuesto, que nos encontremos en el fragor del combate y alguien nos dispara a boca de jarro.
¿Y si solo miramos a Marx, dónde dejamos a Martí y Bolívar? ¿Y dónde a Juárez, Lincoln, Whitman, Emerson o Demócrito, por ejemplo, irrespetando cronologías? ¿Dónde la historia vivida desde el pitecántropos, desde Cleopatra o Helena de Troya, desde Sócrates y Platón, sin olvidar a Aristóteles y Heráclito, pasando por Erasmo, Da Vinci, Tomás Moro, Diderot, Hegel, Darwin o Einstein, hasta el mediodía de hoy?
A nuestros errores debemos mirar, además. Y a nuestras ignorancias, sobre todo. Y la lectura y relectura son modos de fundar y refundar, de enmendar, de volver a comprender, de meditar entre párrafo y párrafo leído, entre línea y línea, insertando sin falta el espíritu crítico y la duda metódica, tanto con respecto al autor como a nuestra comprensión. No era como lo vi antes, ¿será como lo estoy viendo ahora?
El exceso de convicción nutre fanatismos y prolonga falsos entusiasmos.
Hemos bebido de algunas teorías, cuando mozos, en la infancia de las revoluciones y durante la falsa juventud del socialismo mundial, y no podíamos digerirlas con solvencia intelectual. A lo que se agrega que eran digestiones apuradas, emotivas, sin otros referentes, en ocasiones manualescas, sin acotaciones en los bordes de página, y cuando creíamos que teníamos a Dios o a Marx por las barbas, salíamos sin más a cambiar el mundo.
No podemos arrepentirnos de tales impulsos, que abrieron caminos, pero en nuestra época sería irresponsable no agregar un gran interlocutor más, y cuantos sean necesarios, a toda experiencia y nuevos conatos de teorizar.
El dogma acecha sin exclusión a las doctrinas, y no solo las praxis logran ser erróneas. Marx pudo no equivocarse para su tiempo, pero sí para el nuestro. Marx pudo acertar en más si se le hubiese estudiado y comprendido mejor o de otras maneras. Leído por lectores mejor informados, menos tendenciosos, más armados con el espíritu crítico y la duda metódica, armas no infalibles pero que sí obligan a varias meditaciones y repasos.
Por lectores, en fin, animados de espíritu examinador y un filoso escarpelo en los discernimientos. Y no convencidos ni fervorosos antes de leer y comprender.
Marx fue un hombre, de carne y hueso, del siglo XIX, y nosotros seres humanos falibles del siglo XXI. Marx no es el único: con Martí nos resultaría igual e igual con cualquier lectura que no sea un complemento de muchas más lecturas antiguas y contemporáneas.
Y aún comprendiendo a Marx y Martí en sus instantes históricos y sus esencias, hay que traerlos a nuestros minutos de hoy, si de veras queremos que resulten guías más o menos saludables y eficaces, y no retórica inaplicable. O termine el tanteo en un traspiés entusiasta cometido por nosotros a nombre de ellos, que expiarían entonces una vez más culpas ajenas.
Darwin no supo de la existencia del ADN. Su teoría de la evolución, innegable en gran por ciento, como consecuencia cojea en cuanto a mutaciones y otros asuntos. Einstein que vio casi todo, no pudo ver sin embargo lo que cualquier físico actual ve con solo abrir manuales de Física contemporánea. Y sin Einstein, ¿cómo comprender la imprescindible relatividad del universo, el tiempo, los sucesos, el mundo, la vida misma?
Pero Einstein es un hombre de hasta mediados del siglo XX y ya vamos entrando en aguas del próximo siglo, siglo entre otras cosas indeterminado, cromosomático, digital, expansivo y sumamente impredecible, con las orillas del universo a unos l4 mil millones de años luz del punto cero imaginado.
PARTICIPACION CONTINUA
En el terreno de la construcción de una sociedad humana más justa y equitativa, hoy resulta más que indispensable el diálogo, el debate y la participación activa y decisoria de los individuos que componen lo que en distintas épocas se dio en llamar masa, plebe, población o pueblo o ciudadanía, lastrando el término siempre con algo de demagogia.
Participar no sería entonces acudir a un mitin o a las urnas, sino un acto múltiple y complejo de legislar en serio a favor de la sociedad y los intereses colectivos más racionales.
El Estado, en su forma actual, o cede su primacía y achica y somete, o se compone de la totalidad de personas capacitadas para emitir opiniones y adoptar decisiones.
La descentralización de la Inteligencia precede a la descentralización del Poder y viceversa, en un acto recíproco de fundación y refundación de la capacidad del conjunto.
Tanto en el Capitalismo como en el Socialismo vigentes, como lo fue antes en el sistema Esclavista y durante el Feudalismo, esclavistas y señores feudales, dirigentes y caudillos y reyes y conquistadores y emperadores y zares y primeros ministros y gobernantes supremos, resultaron y resultan todavía diques que represaron y represan la sabiduría multitudinaria de los individuos. Creo que esto es una verdad casi inobjetable, si lo miramos no con lentes ideológicos sino a la luz espectral de las ciencias sociales y el Humanismo.
Hasta ayer resultó ineluctable y hasta necesario. Hoy se vislumbra que una de las revoluciones del porvenir inmediato consiste en instalar en el sistema a la mayor parte de los individuos o ciudadanos, con voz y voto plenos (y no solo ni mucho menos durante procesos electorales cada cierta cantidad de años), dentro de un método real y sistemático de participación continua.
Ese será entonces el sujeto multiplicado de la Historia durante las exploraciones y el avance en cualquier dirección, así como de la toma de decisiones, tanto en política cultural, científica, tecnológica, económica, formas de propiedad, estructuras de gobierno y estilos de gobernar.
Será el fin del Estado predominante, centralizado y débilmente representativo. O el comienzo del Estado participativo, integrado y fraterno, al que concurren en igualdad todas las diversas mayorías y minorías.
RESPECTO A CUBA
Las nacionalizaciones en Cuba, a partir de l959, crean las bases para la socialización infinita de hoy. Y ese es un handicap increíblemente favorable. Cuba es uno de los pocos países del mundo donde no se necesita expropiar a nadie, salvo al mismo Estado. En un abrir y cerrar de ojos, como quien dice, con voluntad política, puede trasmutar casi todo en propiedad social.
Buscando afanosamente, hasta en los rincones, una posible continuidad para el Socialismo en Cuba, solo esta propuesta fulminante tiene la llama viva de lo nuevo y lo inédito, que de un salto pensado y osado colocaría de nuevo al país a la vanguardia de una búsqueda: una sociedad menos imperfecta, inmune hasta donde es posible al excesivo protagonismo de algunos pocos a costa de la impotencia a que se reduce a las muchedumbres de mujeres y hombres que siempre piensan, pero que solo pueden emitir ideas en la intimidad familiar o en los pasillos laborales o de las historias sin importancia.
Suceso inédito en la tradición de la humanidad, sería un sistema social con propiedad y participación para la totalidad de los individuos y ciudadanos sin exclusiones. Una propiedad extensiva y expansiva, en crecimiento constante, que convertiría a todos en propietarios y protagonistas, enrolando sus capacidades en la tarea permanente de transformar a la Nación, y a las naciones, en un mundo verdaderamente humanizado y sustentable.
El método novísimo de producir y distribuir las riquezas, tela por donde habría mucho que cortar, nos aproximaría a una consistente igualdad sin igualitarismos infantiles. Serían inteligencia y capacidad los signos antepuestos de esa más justa distribución: títulos nobiliarios, sangre azul, herencias, hijos de papá, rangos políticos, botellas, caudillismos, arbitrarias apropiaciones teóricas, voluntarismos, manipulaciones mediáticas, etcétera, pasarían al museo fascinante de nuestras antepasadas culturas y civilizaciones.
La propiedad extensiva y expansiva, sometida al constante e indispensable análisis y debate, deriva lógicamente, creo, en una productividad y producción más intensa, aunque ajustada a las posibilidades del planeta que habitamos y las necesidades crecientes pero racionales de los individuos que conforman los conglomerados nacionales.
Tal sociedad ganaría inevitablemente, creo, con una reducción de la burocracia estatal llevada a límites justos. Burocracia y lacras acompañantes, es decir, desdén, indiferencia, corrupción, privilegios, lujo, ostentación, vanidades, se verían reducidas a sus mínimas dimensiones y controladas por instituciones de la ciudadanía, población, pueblo, provincia, Nación, voces entonces despojadas de demagogias enajenantes y deformaciones ideológicas.
La realidad del mundo hoy, que oscila entre sistemas económicos decadentes y sistemas que no logran levantar cabeza a causa de que algo falta y algo nos falta, prácticamente nos induce por este camino de propiedad social, autogestionada, cooperativizada, que no excluye ninguna forma de propiedad existente o por existir.
La visión periférica lentamente nos deja entrever que no se trata apenas de un duelo deportivo y a muerte entre Capitalismo y Socialismo, cada uno con sus lacras e intentos fallidos, sino entre egoísmos y abismos coaligados, por una parte, y distribución con justicia, oportunidades iguales y proporcionales, a lo que se suma la obligación de la estirpe de salvar una irrepetible cultura y el planeta donde habitamos.
No se trata de poner la Humanidad al servicio de ideologías, sino a que las ideologías sirvan al individuo y a la Humanidad.
Sabemos al menos que cien de cada cien personas, finalmente mueren. Y que una gran cantidad de ellos cruzó fugazmente por la vida como en un tropel de irredentos, siervos, analfabetos, discriminados, intolerados, huérfanos, expatriados, amputados de sueños, fanáticos, sin tierra o sin techo y desheredados de la fortuna. Esa es la humanidad que ha dicho o comienza a decir: ¡Basta!
Tampoco es secreto que todo individuo, consciente como nunca de los destinos de la criatura humana, desea invertir y disfrutar su vida con la mayor plenitud posible.
Nadie desea hoy, no sé si alguna vez fue así, ser solo el pasado de sus desconocidos sucesores o evocar solo el futuro de los semejantes desconocidos que vendrán mañana.
En un cambio de época, un nuevo Humanismo toca a la puerta. Y todos, desde el pitecántropo hasta nosotros, hoy y cada amanecer, debemos sentirnos impelidos a responder las preguntas que nos hacen y nos hacemos: ¿Fabricamos una Feria de las Vanidades todavía mayor que cualquiera antes inventada? ¿O con racionalidad y solidaridad preservamos las viejas y nuevas Torres de Babel de las civilizaciones erigidas por nuestras manos y nuestras inteligencias?
FELIX GUERRA
POEMAS DE LA SANGRE COTIDIANA
Octubre 6 de 2008







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