Lunes, 06 de Octubre de 2008 00:00
Félix Sautié Mederos
Estimados lectores de POR ESTO! y El Tintero Colectivo, vuelvo a un tema que podría parecer una perogrullada. Les escribiré sobre el planteamiento de que nada justifica al rencor ni al odio y que en cambio lo podrían corromper todo. En otras ocasiones he abordado este asunto, pero considero que es imprescindible exponerlo de nuevo ante las aciagas circunstancias en que vivimos. No se agota y, cíclicamente, pasa a los primeros planos de las preocupaciones conceptuales de muchas personas. Si lo analizamos a la luz del recto pensar y del recto actuar, que son inherentes a los conceptos básicos del sentido ético que se desprende de la consecuencia de la palabra con los hechos, conforme a las normas morales básicas en cada circunstancia de la vida, el rencor y el odio se deberían excluir totalmente.
Hay quienes no lo ven así y justifican circunstancias, coyunturas y manifestaciones personales y colectivas que deberían ser rechazadas con rencor y con odio hacia sus esencias intrínsecas, incluyendo a las personas que los ponen en práctica. Este es un punto de análisis muy importante, pues desde una concepción relativista podría aceptarse a ambos sentimientos como válidos y/o justificados en determinadas coyunturas y circunstancias, pero el relativismo tiene, en mi criterio, peligros muy serios en el momento histórico que vivimos en el mundo de hoy, en el que se deciden cosas esenciales para la vida presente y futura. Asistimos a momentos en los que la crisis económica mundial, que muestra síntomas inequívocos del agotamiento de un modelo neoliberal relativista, pone en peligro a toda la humanidad con una recesión que pudiera traer más hambre y penurias que las que hoy existen a nivel planetario que ya son de magnitudes alarmantes. Un tercio de la población mundial se encuentra amenazada de desaparecer.
Mientras tanto, en Cuba se han sumado a los problemas que ya teníamos sin resolver, la devastación causada por los huracanes “Gustav” e “Ike” a lo largo de nuestro territorio nacional en proporciones nunca antes vistas. Afrontamos en consecuencia los cubanos, los inicios de esta crisis mundial en muy complicadas circunstancias que exigen una máxima liberación de las fuerzas productivas que nos permita levantarnos con nuestros propios esfuerzos, lo que constituye la más efectiva forma de una verdadera recuperación de lo perdido. En mi criterio esta situación requiere que, a la vez que se actúa con una imprescindible premura, se rectifiquen viejos esquemas y viejos hábitos que son caldo de cultivo para la burocracia y la corrupción a las que hay que cerrarles el paso. Estas circunstancias y coyunturas locales, también pudieran ser utilizadas como elementos de justificación para desplegar los rencores y los odios. A esos intentos tendríamos que salirles al paso decididamente con un basta ya, porque esos retorcidos sentimientos podrían corroernos por dentro lastrando e inutilizando incluso los esfuerzos y las energías que, de acuerdo con nuestras posibilidades, todos estamos llamados a desplegar a favor de la reconstrucción de la Patria. Plantear exclusiones y poner en práctica la descalificación de los demás, propician el rencor que pronto se convierte en un odio enfermizo que podría tararnos completamente. Esto lo veo como un peligro al que deberíamos cerrar el paso, porque en los momentos más difíciles es cuando la altura de miras, los principios éticos y la fraternidad propician el desarrollo de la virtud que nos fortalece para enfrentarnos, con especial moral, a la adversidad y la devastación.






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