Anneris Ivette Leyva García
Periodista. Periódico Granma.
Abel Somohano Fernández
Periodista y profesor. Universidad de La Habana.
Declararse intelectual, tanto en Cuba como en cualquier otro lugar del mundo, implica la asimilación responsable de una perspectiva crítica de la realidad. Quien, en un momento u otro, ha tratado de desembarazarse de esta tarea, nunca ha logrado una escabullida elegante. Específicamente en nuestro país, a lo largo de este medio siglo, complejos motivos han hecho que el papel crítico del intelectual y su contribución al proyecto revolucionario se vea por momentos limitado y en otros tantos favorecido.
Más allá de las aperturas o constricciones de los marcos de criticidad, la organicidad de este sector al sistema socialista cubano ha estado siempre vinculada a una perenne interrogación en torno al orden de cosas existente. Tal vez, visto como tendencia, dicho comportamiento manifieste una relación con la propia naturaleza del modelo social; pues, según lo expresado por Jorge Luis Acanda al interpretar a Gramsci, en la construcción del socialismo los intelectuales deben extremar su condición de conciencias sociales, ya que su labor crítica «es condición […] imprescindible del desarrollo de la revolución».1
Este trabajo se propone analizar la polémica digital como ejemplo de una posición histórica de la intelectualidad de la Isla: la de erigirse en vanguardia en lo relacionado con la interrogación crítica sobre la realidad circundante.2 Para ello indicaremos, en esencia, la vinculación directa de este debate con las condiciones del espacio público cubano, y referiremos algunas tendencias generales en determinados períodos históricos de la Revolución, en los que el sector mencionado se ha destacado por sus posicionamientos transgresores en el área de confrontación ciudadana.
Algunos conceptos
Espacio público es una categoría escurridiza, que pende de variables sutiles en el plano objetivo y subjetivo. No solo es enmarcable en aquel concepto de Jürgen Habermas, quien lo describía como el «ámbito de nuestra vida social» en el cual se podía elaborar opinión pública, y que en determinados casos podía requerir de «medios precisos de transferencia e influencia»3 (periódicos, revistas, radio, y televisión). Intentamos acoger el concepto desde una perspectiva crítica, y así romper con aquellas ideas, como las del mismo Habermas, que consideran este ámbito solamente como un área para la conformación de opiniones. Hemos decidido asumir el espacio público como una esfera de confrontación entre actores sociales con posibilidades de transformar la política. Tal confrontación puede promover, a su vez, la participación activa de los ciudadanos para delimitar, resolver y evaluar los problemas circundantes.
La categoría de espacio público fue tratada en nuestra investigación a partir de dos indicadores fundamentales. El primero de ellos se refiere a las condiciones estructurales que configuran la confrontación en el entramado social. Este aspecto alude al debate de ideas a través de formaciones socio-políticas mediadoras de la discusión. Intentamos contrastar ciertas condiciones de la esfera cultural con las dinámicas de otras áreas de la vida nacional.
El segundo indicador es el modo en que los medios de comunicación masiva inciden o aprovechan el debate y la crítica social. Aunque esta dimensión puede incluirse en el anterior aspecto, en tanto los medios pueden ser considerados instituciones, preferimos diferenciarla para hacer un mayor énfasis en ella. De esta forma, cotejamos el modo de realizarse la confrontación en el campo cultural con las condiciones de estas estructuras socializadoras.
Al referirnos a la compleja categoría de intelectual, hacemos un énfasis fundamental en aquellos que componen el campo artístico-literario. No obstante, según Gramsci, no se puede circunscribir la definición de intelectual orgánico, a los grupos históricamente así nombrados, sino que este marco debe ampliarse a «todo el estrato social que ejerce funciones organizativas en sentido lato, tanto en el campo de la producción, como en el de la cultura y en el político-administrativo».4 Desde su punto de vista, la sociedad moderna potenció el surgimiento de una nueva especie de intelectual que no arrasó con la ya existente; es decir, convivieron los «tradicionales» y los «orgánicos».5
La condición de organicidad para el intelectual moderno es ineludible: o contribuye a la reproducción del sistema o a su descomposición. Por un lado, los intelectuales pueden ser considerados como «empleados del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político».6 En el marco de estas funciones se encuentra lo atinente a la producción y reproducción del consenso. En otro sentido, Gramsci llamaba la atención también sobre la creación de una autoconciencia crítica: la conciencia política de las capas productivas de estar participando en el mecanismo de dominación hegemónica. La autoconciencia, a su vez, generaría una vanguardia intelectual encargada de organizar la sociedad para revertir el orden de cosas. Así, el intelectual puede llegar a personificar la conciencia crítica de su sociedad, a convertirse en su voz autocrítica en situaciones como las de Cuba. La autocrítica no es otra cosa que el cuestionamiento dirigido al sistema de relaciones, creencias y valores sociales. Como está orientada a la supervivencia de un orden de cosas, sobre la base de hallar y subsanar a tiempo las posibles fisuras, debe ser ejercida por intelectuales orgánicos al sistema.
En el proceso de reproducción de la hegemonía socialista, la labor de este sector posee un notable valor. La interpretación de la realidad brindada por los intelectuales podría señalar las posibles dificultades del orden de cosas que nos rodea, y al mismo tiempo, favorecer la legitimidad de nuestro sistema. Para ello, se hace imprescindible un diálogo entre el intelectual y el poder, que realmente contribuya a reconfigurar dinámicas en todas las esferas de la vida de la nación. El Estado que sea incapaz de asumir la autocrítica y vea en su hueste intelectual una cantera de «agentes inmediatos de la clase dominante», es para Gramsci un Estado estancado que no habrá logrado alcanzar la «fase ético-política».7
La cuestión en su dimensión histórica
Resultaría sumamente arduo exponer cómo se ha caracterizado, en el período revolucionario, la relación entre el compromiso crítico intelectual y sus márgenes de participación dentro del espacio público cubano, trataremos en lo adelante de reseñar determinadas circunstancias que podrían constituir una guía somera para evaluar tal conexión. El lector no hallará un recuento minucioso del devenir de la función crítica del intelectual en el marco del período revolucionario; apenas le será dibujado un esbozo del camino —por naturaleza pedregoso— por el que ha transitado esta cuestión.
Desde los inicios de la travesía revolucionaria cubana, que ya arriba al medio siglo, se ha podido verificar por parte de los intelectuales cubanos un compromiso con la construcción del nuevo modelo social propuesto a partir de 1959.8 La magnitud de los ejemplos que podrían dar cuenta de la interrogación intelectual respecto a la realidad perfectible que nos circunda, impediría una relación detallada de su conjunto. En este sentido, se podría afirmar que durante el período en cuestión, ese compromiso ha podido, más o menos, mostrar su efectividad, siempre en relación con las condiciones propias de la esfera pública cubana.
En 1959, pese a pertenecer a varias «familias estéticas e ideológicas» —término que la doctora Graziella Pogolotti ha usado para describir la múltiple procedencia de los exponentes del sector intelectual al arribo de la Revolución— la mayoría de los integrantes de este campo brindó su apoyo al nuevo proyecto. Según esta autora, el compromiso moral establecido con la propuesta de cambio, estrechó el vínculo entre las vanguardias política e intelectual. En consonancia con el ritmo adquirido por la vida social, la actividad del sector alcanzó una intensidad desconocida en períodos anteriores. Señala además que «la premura del hacer imponía la premura del pensar […] Sobre el derrumbe de lo viejo crecía el espíritu de lo nuevo».9 En cuanto a las tareas que debió asumir el intelectual orgánico al triunfo de la Revolución, la doctora Pogolotti, esta vez en el prólogo al libro de Alfredo Guevara, Tiempo de fundación, expresa:
Era el momento de saldar deudas con el pasado, de construir la nación postergada, de destruir las bases de la opresión y la injusticia, de reconocer en el pasado las huellas más fecundas, de favorecer el crecimiento de la plenitud humana, de reconquistar la riqueza multiforme de la vida, de propiciar en cada persona la posibilidad de convertirse en partícipe activo no instrumentalizado. En ese proceso tocaba a la cultura el desempeño de un papel primordial.10
Entre los factores que dan cuenta de la agilización de la dinámica intelectual podemos resaltar el auge y la extensión que adquirió la polémica en estos años, acogida sin titubeos en espacios oficiales y visibles de expresión. Los asuntos debatidos rebasaban los aspectos gremiales, para centrarse en un cuestionamiento de los rumbos generales que asumiría el proceso revolucionario. En otras palabras, la labor de los artistas e intelectuales de aquellos años se imbricaba estrechamente con la de la nación en su sentido más amplio. Según Roberto Fernández Retamar, «aun vueltos sobre los problemas gremiales, habíamos ido a dar, pues, con el meollo de la Revolución toda, la “nueva vida moral”, dicho en términos de Gramsci, o la construcción del “hombre nuevo”, en palabras retomadas por el Che».11
Existen varios ejemplos lo suficientemente ilustrativos del modo en el cual la Revolución fomentó durante esta década espacios de polémicas en las más diversas áreas, haciendo más rico el proceso de reconfiguración de las esferas de la vida nacional. El campo de la cultura artística y literaria no era una excepción. Muchas fueron las cuestiones debatidas. Pueden ser destacadas, entre otras, las confrontaciones referidas a la vinculación entre la labor intelectual y la práctica política, así como las relacionadas con la intervención del Estado en la cultura. Aunque ese ambiente de confrontación y de crítica perenne distinguió, de manera general, los años iniciales de la Revolución, ya desde esta misma década afloraron síntomas de algún endurecimiento en lo que respecta a las políticas promotoras de pensamiento.
Para algunos, como Desiderio Navarro, el llamado período gris de la cultura en la Revolución cubana, se inicia en 1968. Otros han afirmado que antes de la llegada del quinquenio gris (1971-1976), se podían ya percibir prácticas institucionales no identificadas con la esencia de «Palabras a los intelectuales», documento en el que se considera la cultura bajo un principio de inclusión, de respeto a la diferencia, y en el que se convoca al diálogo entre la vanguardia artística y la política. Ambrosio Fornet considera que no es pertinente hablar de ciertos cambios ocurridos en los 70 sin aludir a tensiones acumuladas en el período precedente.12
Después del «caso Padilla»13 se efectuó el Congreso Nacional de Educación y Cultura, del 23 al 30 de abril de 1971. Inicialmente, el evento fue pensado como un encuentro de educadores, pero a posteriori se decidió extenderlo al campo cultural. En su Declaración final se sugería a los intelectuales las temáticas más convenientes para el arte durante ese momento histórico de la Revolución. Se «recomendaba», por ejemplo, el tratamiento de tópicos relacionados con la literatura infantil y el proceso revolucionario en su lucha contra el subdesarrollo, y la necesidad de mantener «la unidad monolítica ideológica de nuestro pueblo», para oponerse a las «extravagancias entre los jóvenes», factor que podía ser considerado como «dependencia cultural». Se argumentó además que no era permisible que, «por medio de la calidad artística, reconocidos homosexuales» pudieran influir en la formación de la juventud. Este aspecto es de vital importancia porque se entronca con modos posteriores de implementación de la política cultural. Se hace explícito el rechazo a los intelectuales «pequeñoburgueses y pseudoizquierdistas del mundo capitalista que utilizaron la Revolución como trampolín para ganar prestigio entre los pueblos subdesarrollados», y que ahora acarreaban una nueva colonización. De esos criterios se pasaría a otros argumentos: «El arte es un arma de la Revolución; un producto de la moral combativa de nuestro pueblo, un instrumento contra la penetración del enemigo». En cuanto al trabajo artístico, se reitera en varios párrafos la necesidad de llevar al pueblo «la verdadera cultura», lo que, unido a otros elementos, provoca que la Declaración… se caracterice, de manera general, por un enfoque didáctico desmesurado.14
Se ha dicho que con el inicio de la segunda década de la Revolución en el poder, comenzó una etapa de crisis ideológica y artística, caracterizada por una definición instrumental de la cultura. A su vez, un bosquejo de los sucesos que tuvieron lugar durante los primeros años de la década de los 70, puede explicar la situación reinante: el país atravesaba entonces un período de tensiones acumuladas, entre las que sobresalen la muerte del Che, la intervención soviética en Checoslovaquia —que el gobierno cubano aprobó, aunque con mucha reticencia—, la llamada Ofensiva revolucionaria de 1968 —un proceso tal vez prematuro, incluso innecesario, de expropiación de los pequeños comercios y negocios privados—, y la frustrada zafra del 70 o «de los Diez Millones», que pese a ser la más grande de nuestra historia —como proclamaron los periódicos— dejó al país exhausto. Sometida al bloqueo económico imperialista, necesitada de un mercado estable para sus productos —en especial el azúcar—, Cuba tuvo que definir radicalmente sus alianzas. Hubo un acercamiento mayor a la Unión Soviética y a los países socialistas europeos. En 1972, el país ingresaría al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), lo que vincularía estructuralmente nuestra economía a la del campo socialista.15
Un autor como Ambrosio Fornet, al referirse a los inicios de esta década, apunta que fue un momento de «exclusiones y marginaciones» en el cual el campo intelectual se convirtió en un «páramo». Esta situación constituía un problema, sobre todo para aquellos «portadores del virus del diversionismo ideológico y para los jóvenes proclives a la extravagancia, es decir, aficionados a las melenas, los Beatles y los pantalones ajustados, así como a los Evangelios y los escapularios».16
En este período, y como consecuencia de las decisiones apuntadas, el panorama del pensamiento se ilustraba como uniforme, y se exaltaba el imperio de la reflexión homogénea. Los espacios de crítica cuya impronta nos había distinguido en los primeros años de la década anterior, aquellos en los cuales se ventilaban las divergencias entre revolucionarios y donde se asentaba un marxismo creador y abierto, ahora quedaban constreñidos. Sobre este «segundo viraje», Aurelio Alonso ha opinado que quizás uno de sus resultados más perjudiciales haya sido la uniformización ideológica y el empobrecimiento de la cultura del debate iniciado en los 60.17
Ello se evidencia, entre otros ejemplos, en el cierre o declive sufrido por varias publicaciones. Algunas desaparecieron o modificaron sus perspectivas en torno a la realidad circundante, resultado de la contracción en el esquema de libertades de discusión, y los obstáculos impuestos al pensamiento social. Para Fernando Martínez Heredia en estos años se careció de «un campo alternativo de criterios diversos, de educación, de debates, en el cual otros temas, otros procedimientos y otras posiciones marxistas pudieran abrirse paso».18
Sin embargo, estos elementos no solo afectan al campo cultural. Todo ello se manifiesta en características generales de la esfera pública y en los potenciales espacios de confrontación ciudadana. Como indican varios autores, el modo con que se acogieron fórmulas del modelo soviético dentro de los canales formales de participación, conllevó a la adopción de ciertas posturas burocráticas limitantes de la efectividad de varias estructuras políticas. Dicha burocratización propició que «tanto la comunidad como la participación de ella en los asuntos públicos, [quedara] estrictamente reglamentada y sujeta a procedimientos [con un] fuerte sentido utilitario».19 Todo ello provocó, a su vez, que la institucionalidad estatal continuara resintiéndose, incluso en años posteriores a los 70, a causa de determinadas tendencias negativas. Según Rafael Hernández, en el sistema político se evidenció «la pérdida de calidad en la participación ciudadana».20
A estas condiciones se unió la situación de los medios de comunicación masiva. Su funcionamiento se caracterizó por la ausencia de crítica, la descripción de un nivel irreal de perfección y la creciente «tendencia a repetir propagandas».21 Tales rasgos entraron en contradicción con las prácticas mediáticas de los primeros años de la Revolución. Nunca como en aquella década la prensa desempeñó un papel tan decisivo en las labores de edificación de la nueva sociedad. Gradualmente, el periodismo cubano fue perdiendo el dinamismo y la criticidad que lo caracterizó en los primeros tiempos. A tal punto llegó la situación que, a inicios de los 80, se afirmaba que la radio, la televisión y la prensa escrita ofrecían una visión plana de las circunstancias nacionales, de unanimidad de criterios y dudosa ausencia de contradicciones. Una investigación realizada por la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana, en 1989, arrojó que, en los primeros años de la década «el poco o ningún análisis y el tratamiento superficial de los temas, además del escaso espectro informativo condujeron también al estancamiento de los periodistas, quienes sustituyeron la discusión por el triunfalismo y la apología».22
Pese a todo lo anteriormente dicho, se hace indispensable la distinción de matices. A mediados de la propia década de los 70, comenzaron a vislumbrarse intentos por trascender, en el campo cultural, las estrecheces de pensamiento, politizaciones extremas, espíritus acríticos y prácticas de exclusión. La disposición de conducir esta política por otros caminos se hizo explícita con la creación del Ministerio de Cultura, en 1976. Precisamente, a la implementación de una política cultural más inclusiva aludirán varios de los discursos de Armando Hart, durante su período al frente del Ministerio de Cultura. En uno de ellos se apuntaba: «Entendemos que los principios de libertad aplicados a la cultura no se refieren de modo exclusivo a la libertad de expresión o de creación artística […] sino que debe entenderse también como el derecho de los escritores y de los artistas a participar activamente en el proceso de elaboración de la política cultural».23
Durante las palabras de clausura del Segundo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el 13 de octubre de 1977, Hart señalaba la necesidad de trabajar en la búsqueda de «soluciones mayoritariamente aceptadas» para instrumentar la aplicación de la política cultural propuesta por el Partido. En este documento se hace alusión a los nexos entre el arte en Cuba y sus matrices populares; y se reitera el propósito de la «edificación socialista» de llevar al pueblo las obras más logradas. Fue este un momento propicio para mostrar el objetivo fundamental del Ministerio, que «consiste en orientar la realización práctica de la línea política de la Revolución en el campo cultural, apoyándose en las tradiciones históricas de nuestra cultura, comprendiendo que el arte y la literatura, en la época actual, se han convertido ya en una necesidad y en un fenómeno de masas».24
Si bien la creación de esta estructura significó una medida oficial que procuraba, entre otros objetivos, reencauzar la proyección y producción de la cultura cubana, ello no quiere decir que dentro del campo se acabaran del todo ciertos hábitos incubados en períodos anteriores. Diversos criterios hacen alusión a las tensiones potenciadas por las distintas corrientes de pensamiento existentes. Es este un contexto contradictorio y, por lo mismo, difícilmente definible en una sola tendencia.
Varios ejemplos de inicios de los 80 fundamentan lo anterior. Entre ellos —como indica Arturo Arango—, la oposición al largometraje Cecilia, de Humberto Solás, en nombre del realismo socialista; o la campaña lanzada contra «el intimismo y hermetismo» de la generación de poetas que iba surgiendo desde la década anterior.25 Por otro lado, aunque al inicio de los 80, como reseña Gerardo Mosquera, se palpaba una relación estrecha entre intereses institucionales, percepciones de directivos de la cultura y consideraciones de los propios creadores, en torno al papel de ciertas manifestaciones artísticas para interpretar la realidad cubana,26 esta vinculación entrará en conflicto a finales de la década.
A pesar de los ejemplos anteriores, en esta década la intelectualidad se caracteriza fundamentalmente por una participación «más o menos efectiva en la constitución del diseño ideológico del país».27 Aunque no es la única manifestación artística con una perspectiva realmente crítica en torno a la realidad circundante, es indiscutible el importante papel desempeñado por las artes plásticas durante el período. En los 80 los artistas plásticos recuperan «nuevas posibilidades de acción más acordes con la actualidad».28
Debe señalarse la posición trascendental de estos creadores en comparación con un proceso como el de Rectificación de errores y tendencias negativas, que matizó el espacio público cubano desde 1986. Este es uno de los momentos de confrontación crítica más importantes de la Revolución cubana. Se hizo evidente, en primer lugar, la necesidad de preservar el socialismo; pero además, se promovió la interrogación sobre el ordenamiento económico, cultural, político y social del país. El proceso de Rectificación… constituye, de esta manera, un antecedente importante de los debates que desembocan en la discusión del Llamamiento al IV Congreso del Partido dentro del espacio público de la Isla durante los primeros años de la última década del siglo.
A la altura de 1986, «las artes (las artes plásticas en primerísimo lugar) expresaron, a veces de manera incontenible, desordenada, herética, los deseos y tensiones acumuladas, no como respuesta a la convocatoria del discurso oficial, sino como anticipación a aquel, y también como su contraparte».29 Queda con ello evidenciado, una vez más, la posición destacada del intelectual cubano en la articulación de un diálogo crítico y productivo sobre su entorno.
Como ha descrito Arango, el hecho de vivir a merced de la alternancia entre dos tendencias —una favorecedora y otra más restrictiva—, ha potenciado la existencia de períodos con diferentes facilidades para la participación política del sector. Para sustentar su proposición, el escritor señala la etapa comprendida entre el 1971 y 1976 como un momento de dogmatización extrema; mientras los primeros 60 y últimos 80 fueron años de mayor participación.30 Como es obvio, todo momento posee sus matices y se presta a contradicciones con cada tendencia general señalada.
Otra vuelta de hoja
Resulta impensable intentar hablar de los 90 en Cuba sin comenzar por la precaria situación que provocó el derrumbe del campo socialista europeo. La nueva realidad nacional, caracterizada por profundas carencias en todos los sentidos, hizo que se recurriera a la implementación de medidas antes impensadas en nuestro país, precisamente por creerse dañinas para el sistema en construcción.
Las nuevas condiciones y reconfiguraciones experimentadas en todas las esferas de la vida también se proyectaron en las formas de interacción de los intelectuales con el espacio público. Así, varios autores han coincidido en señalar un aumento de la expresión crítica y desprejuiciada de estos. Dicha multiplicación ocurrió gradual y progresivamente, a medida que el campo cultural asimilaba rasgos que le permitían acondicionarse a la situación emergente. Entre las nuevas características presentadas por este sector se halla una relativa descentralización y autonomización de sus funciones, lo cual le agenció una mayor flexibilidad en sus capacidades de gestión, pues «ante la falta de respaldo institucional para viabilizar sus proyectos, los artistas [ganaron] en independencia y, con ella, en posibilidades de expresión».31
No obstante, un creador como Leonardo Padura ha reconocido también que, en lo referente a los espacios expresivos con que contaron los intelectuales a lo largo de estos años, el Ministerio de Cultura, la UNEAC y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), supieron mantenerse como agentes promotores y canalizadores del debate y el pensamiento crítico.32
Por otro lado, en la década de los 90 se evidenció además, en otros sentidos, el papel de vanguardia del sector en la generación de la crítica profunda en el espacio público. Para el investigador Rafael Hernández, la carga problemática de los contenidos de las artes plásticas, el teatro o la nueva narrativa sobre la situación cubana de inicio de estos años se adelantó no solo a las ciencias sociales, sino también al «debate político, en la identificación y tratamiento de nuevos problemas». Según su perspectiva, las diversas manifestaciones del arte se anticiparon en el tratamiento de aspectos espinosos en nuestra sociedad, como el referido a la emigración, la discriminación racial y la religiosidad. Desde la intelectualidad artística, también se visibilizaron análisis agudos sobre cuestiones propias del impacto del Período especial y sus efectos derivados, como son la sobreestimación del consumo, la prostitución, las drogas, y vinculada con todas ellas, la crisis de valores.33
Si durante los 80, fueron fundamentalmente los plásticos quienes se apropiaron del protagonismo en lo referente al abordaje crítico de la realidad, en la última década del siglo se les van a sumar otros creadores. En este período, la filmografía cubana se destacó como una de las manifestaciones del arte que mejor acogió el discurso crítico a través de nuevas formas de expresión. La literatura también recurrió con frecuencia a situaciones emergentes en el contexto cubano, y a tópicos evitados en años anteriores. Esto sucedía a pesar de que la situación del país afectaba, como a tantas otras industrias, la dimensión productiva de la esfera cultural.34
El ámbito de las letras impresas, por ejemplo, resultó perturbado por su contracción, evidenciada en la escasa tirada de libros y la desaparición, en los primeros años de los 90, de varias revistas culturales. No obstante, al trascender el momento más difícil del Período especial, la recuperación de algunas publicaciones y la creación de otras, se ha convertido en un acontecimiento fundamental en la esfera pública de la Isla. Entre ellas, pueden destacarse Temas, Revolución y Cultura, Catauro, Opus Habana, Contracorriente, Debates Americanos, Marx Ahora, Caminos, Cultura y Desarrollo, Casa de las Américas, la Revista de Ciencias Sociales, Unión, Cúpula, y Arte Cubano. Estas han albergado espacios de confrontación y propuestas transgresoras sobre diversas temáticas: sociedad civil, participación, cultura política, problemas de género, auge de las religiones, relaciones interraciales, nuevas generaciones. Además, han abordado la cultura cubana en el exterior, el teatro y las artes plásticas como espacios de intercambio de ideas, los temas de la nueva narrativa, y muchos otros tópicos de gran trascendencia en el contexto cubano. Estas publicaciones intentaron conformar un discurso de espectro amplio y plural, de capital importancia para la situación en la que estaba sumergida la Isla. La cotidiana propuesta de los medios masivos de comunicación, entre los cuales se nombra la radio, la prensa y la televisión, condujo a que «un volumen considerable de enfoques y tópicos vedados en esos medios [fueran] canalizados a través del relativamente autónomo subsistema de publicaciones culturales».35
A pesar de los ejemplos antes señalados y de la tendencia general de la década del 90, desde entonces y hasta hoy han existido añejos y no siempre bien fundamentados resquemores, que se erigen como obstáculos a la interrogación de los intelectuales en torno a la realidad circundante. Muchos de ellos no se encuentran dentro del mismo campo cultural, sino en esferas contiguas. Desiderio Navarro, menciona el temor a que los enemigos de la Revolución acojan los posicionamientos críticos con fines propagandísticos. También suele aludirse a la posible perturbación que en el pueblo podría suscitar el debate de ciertos problemas, y el miedo a que un nuevo cuestionamiento constituya «una heterodoxia, una disidencia que rompería la monolítica unidad ideológica de la nación».36
Podría decirse que la reacción fóbica a la discusión «se ha basado en el argumento de no desgastarse en la polémica, y evitar que esta afecte la aglutinación de tejido social»37en un escenario que se construye como trinchera ante la sistemática agresión norteamericana. Nos referimos con ello a la estructuración de una «mentalidad de plaza sitiada» basada en la real amenaza del enemigo. Sin embargo, como indica Julio César Guanche:
la posibilidad de una agresión es condición sine qua non de la existencia de una Revolución […] No puede suceder que la agresión determine lo que es la Revolución: la agresión no es la autorización para que una revolución exista de una u otra manera, sino que son las prácticas revolucionarias —la ampliación del campo de lo posible— las que permiten la existencia de un espacio revolucionario, cuya permanente ampliación será precisamente la principal fortaleza contra la agresión.38
La aceptación de las razones antes aludidas puede llevar a ejercer tácitamente juicios desproblematizadores del entorno, cuyo contenido se reduce a la idealización de un estado de perfección y a la mera recitación de apologías enceguecedoras. En oposición a ellas podríamos apuntar entonces que la adhesión del intelectual al proyecto revolucionario no puede ser completa, si no se caracteriza por su criticidad y oposición a toda práctica destinada a limitar su intervención en la esfera pública.
El debate electrónico sobre el quinquenio gris
En los umbrales del nuevo milenio, el destacado intelectual Alfredo Guevara postuló que «la época en que vivimos, la sociedad en que vivimos, ha producido fenómenos que nos llevan a situaciones muy equívocas; y un papel del intelectual es el de encontrar para sí mismo y desbordándose de sí mismo, su rol de brújula».39 La forma en que los intelectuales se erigen en brújulas de una sociedad —según la propuesta de Alfredo Guevara— se sintió de manera especial en el intercambio de correos electrónicos sobre políticas culturales que se originó en nuestro país en enero de 2007. Aunque este proceso de comunicación se caracteriza por la gran variedad de voces desde las que se asumieron diversos objetos de análisis, en ocasiones desde posiciones irrespetuosas y hostiles para con el proyecto revolucionario, aquí solo reseñaremos algunos aspectos que a los objetivos de este artículo resultan importantes.40
A un año de transcurrido el proceso electrónico que nos ocupa, Fernando Martínez Heredia apuntaba que este intercambio mostró
las reservas morales y de conciencia política» que posee el sector de los intelectuales. Desde su punto de vista, este factor «los puso en marcha, y su actuación se ha mantenido viva hasta hoy […], llamaron la atención al país sobre la necesidad y la urgencia de debatir públicamente los problemas principales de Cuba y de la Revolución. Esto ha sido lo más trascendente de aquel debate».41
Aunque no se puede establecer una relación de causa-efecto entre el intercambio y los debates surgidos posteriormente en la esfera pública cubana, como los potenciados a raíz del discurso de Raúl Castro el 26 de julio de 2007, sí es posible establecer cierta comparación. La diferencia temporal entre ambos momentos mostró la posición de vanguardia del sector intelectual en lo concerniente al abordaje de problemas candentes de la realidad nacional.
«Las reservas morales y de conciencia política» aludidas por Martínez Heredia, se evidencian, por otro lado, en el desfasaje entre las ideas expresadas en la polémica electrónica y ciertos esquemas de pensamiento y dinámicas existentes en la esfera pública de la Isla. Varios de los mensajes hacen alusión a que en el espacio público están incidiendo un conjunto de normas, ideas y creencias opuestas a la potenciación en el entramado social de un intercambio crítico generalizado. Muchas de ellas nos llegan como remanentes de los años 70, y oponen un efecto paralizante en la dinámica de nuestra actualidad.
Precisamente, una fuerte determinación en contra de percepciones opuestas al debate crítico y constructivo sobre la realidad nacional, según los diversos actores, guió en algún momento la conformación de la protesta. Ya en alguna ocasión, además de prevenciones de la esfera política relacionadas con la función crítica del intelectual, habían existido períodos en los que ellos mismos habían optado por un silencio deliberado creyendo actuar a favor de la Revolución. La ruptura con esa forma de pensamiento marcó la diferencia en enero de 2007 e hizo surgir la confrontación electrónica.
Al referirse a los aprendizajes del quinquenio gris, Arturo Arango, uno de los promotores del intercambio, expone que en aquellos años se sostuvo «una complicidad desde el silencio, como si la Revolución pudiera seguir normalmente hacia adelante con ese trauma encima». Tal situación, el temor al perjuicio involuntario nacido de la complicidad, indujo a la urgencia del pronunciamiento en la hora actual. Existió entre los actores de la confrontación la percepción de que había que hablar, de que «había una responsabilidad» y no se podía hacer silencio.42
Al mismo tiempo, sobre la voluntad de los actores incidió cierta deuda histórica. Los primeros pronunciamientos que conformaron la red comunicativa tuvieron un claro objetivo de denuncia. Se basaron en el recuento de sucesos personales del pasado, hasta entonces poco conocidos, y cuya plataforma común eran las cuestiones de política cultural de la Revolución. En ellos se denotaba un tono exaltado y enardecido. Poco a poco, este tono se fue aplacando. Se pasó de la denuncia rápida al análisis minucioso, del recuento anecdótico al tratamiento de cuestiones generales.
Encaja aquí entonces el rótulo de «agenda de debate postergada», para justificar por qué el intercambio alcanzó tamañas dimensiones. Efectivamente, existía en el campo cultural una serie de cuestiones dolorosas cuyo tratamiento pospuesto hincaba progresivamente la conciencia de los afligidos. A juicio de Graziella Pogolotti, a partir de la creación del Ministerio de Cultura se procedió al rescate de figuras que en el período precedente habían sido dañadas, pero la política de reivindicación no incluyó la ventilación pública del tema, lo que la hizo incompleta.43 Si es cierto que se tomaron muchas medidas, nunca hubo un debate sobre el tema en las publicaciones e instituciones del campo cultural, según apunta la autora antes citada.
Estas consideraciones se unen a otras, relacionadas con la necesidad de trascender la propia molestia que dio origen al proceso de comunicación electrónico para insertarse en el debate sobre varios aspectos candentes que circundaban a los intelectuales. Al respecto, Desiderio Navarro hacía un balance, en su conferencia del 30 de enero de 2007 leída en Casa de las Américas. A juicio de dicho autor, esta reacción de un gran número de intelectuales cubanos, por la vía del correo electrónico, hizo evidente «la inactividad o inoperancia de los espacios (tanto institucionales como públicos) ya existentes, y la inédita posibilidad de la constitución ad hoc e inmediata de una esfera pública supletoria». Para Navarro, estaríamos hablando de un espacio de confrontación suplente, ya no alternativo o complementario, dado por «la falta de otra esfera de intercambio realmente funcionante».44
Sin llegar a los extremos a los que desde nuestra opinión arriba el autor antes citado, al señalar la inexistencia de una esfera de intercambio crítico en la Cuba actual, es imprescindible indicar la importancia de la apropiación de las nuevas tecnologías por parte de los intelectuales. En este sentido, la idea de Navarro de analizar la polémica digital desde las condiciones contextuales mediadoras en su surgimiento y desarrollo se hace especialmente reveladora.
El espíritu crítico de la polémica electrónica se destinó, entre otros frentes, a aquellos obstáculos actuales que podían estar actuando como limitantes del debate en el campo cultural. A juicio de Sigfredo Ariel, y de otros actores, el intercambio surge en un momento en que se efectúa una crítica muy profunda a la UNEAC. Ello hizo que el debate digital también tratara temas vinculados con esta institución, y los espacios dispuestos, o no, en ella para la confrontación de ideas.45
Existe, sin embargo, otra característica de la esfera pública cubana aludida por los debatientes que puede considerarse como factor influyente en el surgimiento y posterior desarrollo de la polémica digital. Cuando en la confrontación electrónica se destaca la peculiaridad de que tantos silencios se quiebren de esta manera inusual, se anuncia como una de las causas la imposibilidad de estructurar la organicidad de los intelectuales al proyecto revolucionario a través de ciertas vías. Al hablar de vías, los actores no se circunscriben a los lugares de reunión en donde a viva voz se expresen los criterios, sino que aluden, además, a las nulas oportunidades de participación en el complejo sistema de la comunicación masiva.
Como indica Ariel, «intelectuales extranjeros publican más en los medios de prensa que cualquier cubano». Desde su punto de vista, esta vieja tradición de la intelectualidad de la Isla de participar en la prensa, no fue quebrada «a causa de un fenómeno inconsciente, ni por problemas materiales en los medios, como la falta de papel; sino por prejuicios y prevenciones que vienen de la época del Consejo Nacional de Cultura».46
Aunque la polémica hubiera podido acogerse en alguna de las publicaciones culturales, la periodicidad que las caracteriza habría hecho inviable semejante intento. Al referirse a los motivos por los que la protesta surge en la esfera virtual, Arango, destaca que «desde hace muchos años, la prensa cotidiana no tiene en su espectro este tipo de intervenciones. Donde único pudieran darse es en la prensa cultural, cuyo ritmo no es adecuado para respuestas rápidas como las que hacían falta en ese instante».47
Estas revistas poseen ciertas limitantes para articular o extender la confrontación crítica hacia el entramado social. Uno de estos obstáculos es el poco impacto que puede alcanzar lo aparecido en sus páginas debido al espectro reducido de su público tipo. Ello también ha sido señalado por los actores del proceso de comunicación que aludimos. Si bien es plausible la audacia de estas publicaciones en comparación con el discurso «sinflictivista» y acrítico de los medios, es necesario destacar que, por su propia función, estas no alcanzan a irradiarse en una extensión más amplia de la sociedad. Como se señaló en varias ocasiones durante la confrontación electrónica, el papel de las revistas culturales no puede considerarse como sustituto de la misión de los medios de comunicación masiva en el espacio público de la Isla. Estos últimos, por su propia naturaleza, según queda sugerido en varios de los correos consultados, podrían, en una sociedad socialista como la que se intenta construir, potenciar la conformación de una hegemonía pluralista en donde la variedad de voces tenga cabida; además, podrían incentivar la construcción de un diálogo productivo y directo entre los diversos sectores sociales y la esfera dirigente.
De manera general, los criterios de los debatientes dan cuenta de ciertas condiciones estructurantes y estructuradas de la esfera pública cubana que se reproducen o han incidido directamente en el desarrollo del proceso que estudiamos. De esta forma, la situación hasta aquí descrita propició una de las características más acentuadas de la confrontación electrónica: el desbordamiento temático. Este ocurrió de manera casi natural, provocado por una añeja y creciente posposición de problemas debatibles. La política cultural dejó de ser el tópico exclusivo para dar paso a la ventilación de una amplia gama de temas, gracias a las posibilidades tecnológicas para estructurar cierta «interactividad comunicativa».
La apertura y extensión aludidas se hacían necesarias por diversos motivos. En primer lugar porque era innegable reconocer que ciertas políticas restrictivas han dejado nefastas huellas no solo en la esfera cultural, sino también en otros sectores de la vida nacional. En segundo término, se encontraba la urgencia de repensar temas de incuestionable actualidad que trascendían el marco de la cultura artístico-literaria, y respecto a los cuales había sido tradición que nuestra intelectualidad se expresara en espacios de discusión.
Del debate a la acción
Aunque fueron varias las reuniones desarrolladas para la resolución del proceso comunicativo estudiado, las más referenciadas en las entrevistas, correos y documentos consultados han sido fundamentalmente dos: las del 9 y el 12 de enero de 2008. En estas reuniones, la posición de los agentes reguladores de la cultura se caracterizó por el apoyo total a los promotores de la polémica electrónica, y por la intención de esclarecer los sucesos que le dieron origen. Los entrevistados han dado cuenta del modo en que la UNEAC y el Ministerio de Cultura se inclinaron por el diálogo en las reuniones de solución. La reacción fue a favor de ese intercambio, de la discusión y del espacio crítico que se había creado. No obstante, no fueron solo el Ministerio de Cultura y la UNEAC los involucrados en el proceso, sino también el Partido. La posición de estas instancias fue de total apoyo a las iniciativas surgidas en las reuniones, y de involucramiento con la organización de las ya materializadas, hasta el momento en que se llevó a cabo nuestra investigación. En los encuentros desarrollados entre los actores de la polémica electrónica y los directivos de la cultura, surgieron varias propuestas para solucionar un problema esencial del que da cuenta el mismo proceso: la necesidad de rescatar la memoria histórica en torno a un tema como el de la política cultural de la Revolución.48
Sin embargo, aun con la evidente voluntad política de solucionar los aspectos criticados a través del correo electrónico, y de apoyar las iniciativas emergidas en las reuniones, se enfatizó, por parte de los directivos de la cultura, la necesidad de circunscribir los debates posteriores al campo específicamente cultural, entre otras causas, por la imposibilidad institucional de canalizar y responder a carencias referidas a otras esferas.
Graziella Pogolotti apunta que el Ministerio actúa sobre un área muy específica relacionada con la cultura en su sentido tradicional, y no tiene potestad para intervenir en instituciones y otros circuitos en los que se haría necesario fomentar la crítica profunda y la polémica.49 Esta imposibilidad institucional de conformar un debate en relación directa con otras esferas de la vida nacional, es consecuencia, en parte, de la estructuración en la sociedad cubana de lo que algunos autores llaman «circuitos de comunicación». En nuestro contexto se ha desarrollado esta limitación como tendencia. Indistintamente, se le puede reconocer como sectorialización temática, circunscripción del debate a esferas específicas o exclusivo abordaje de tópicos por determinadas voces legitimadas.
Según Julio César Guanche, los llamados «circuitos de comunicación» se refieren a una forma de organización en la Cuba actual. Para este autor, ello ha permitido la cuadriculación «de los temas de lo social en una infinidad de pequeños campos, en los cuales se discute y fomenta el debate, pero que no se comunican con el resto de los campos sociales y menos con la sociedad en su conjunto».50 La estructuración de la sociedad en circuitos de comunicación hace que ciertos actores se vean obligados a limitar sus planteamientos a un área de acción específica. En este caso, el factor mencionado motiva las alertas constantes sobre lo improcedente de extender el debate a otras esferas igualmente criticables.
No obstante estos impedimentos, el ciclo de conferencias organizado por Criterios, y la publicación posterior de las distintas intervenciones suscitadas en él, tiene un papel fundamental en la articulación de respuestas a problemáticas identificadas en el intercambio de correos.51
De manera general, las conferencias del ciclo han intentado trascender, en parte, el marco de lo artístico-literario en su concepción más reducida.52 El ciclo quedó abierto el 30 de enero en la Casa de las Américas con la conferencia de Ambrosio Fornet «El quinquenio gris, revisitando el término», estructurado a partir de invitaciones, lo que produjo varias críticas mediante la vía electrónica.53 No obstante estas manifestaciones del debate, extrapolado a esferas exteriores a lo virtual, tanto sobre el intercambio a través del correo electrónico, como sobre el mismo ciclo de Criterios inciden determinados factores que obstaculizan su extensión y posterior visibilidad en el entramado social cubano. Paradójicamente, varios de estos factores han sido señalados como condicionantes del surgimiento y desarrollo del proceso de comunicación electrónica. A pesar del apoyo brindado por la UNEAC a la confrontación, varios autores se sentían inconformes con el modo en que se integró esta a las polémicas posteriores. Desde el punto de vista de Fernando Martínez, «la UNEAC estuvo débil, muy poco crítica, y omisa, lo que agudizó la conciencia de la necesidad de entrar a fondo en sus problemas y prácticamente refundarla.54
Unido a estas condiciones institucionales pueden ser destacados otros factores que dificultaban también la extensión de esta polémica en específico en el entramado social, pero que a la vez afectan cotidianamente al campo cultural. La imposibilidad de los medios de comunicación masiva de articular un discurso crítico sobre la realidad cubana influye en el modo en que se invisibiliza en el entramado social el debate intelectual. De esa manera, las polémicas en el campo cultural provocan, debido a estas y otras razones, según ha indicado una de las expertas entrevistada en nuestra investigación, la creación de élites en el seno de la sociedad. «Si se tiene un conjunto de espacios en los que se discute de manera renovadora, pero esos debates no trascienden […] obviamente se tiende a crear dos grupos diversos: una élite —quiera o no serlo— que discute de manera riquísima, atrevidísima, y una masa que sigue repitiendo estereotipos y versiones empobrecedoras de la historia y la realidad».55
En el caso específico del proceso de confrontación que analizamos, pueden indicarse, hasta el presente, solo dos referencias a través de los medios de comunicación masiva: la «Declaración del Secretariado de la UNEAC», publicada el 18 de enero de 2007, y la alusión tangencial hecha por Desiderio Navarro, el 19 de noviembre de ese mismo año, en el programa Diálogo abierto dedicado al debate cultural en Cuba. Que la única alusión al intercambio en el discurso mediático haya sido, durante mucho tiempo, el documento antes mencionado, construido por agentes reguladores externos a los medios, está indicando nuevamente las limitaciones de estas estructuras socializadoras para «autoelaborar» un discurso crítico sobre la realidad de la Isla.
Intentar dilucidar el modo en que se extiende en el espacio público el debate electrónico y el ciclo de conferencias aludido, lleva a considerar la reproducción, en el desenlace de este proceso, de ciertas problemáticas que mediaron su desarrollo. Se evidencia con ello la manera en que una polémica que intenta trascender las limitantes características de la esfera pública, es afectada directamente por condiciones estructurantes de esta área de confrontación.
Epílogo
A tono con lo planteado por varios estudiosos de fenómenos similares en otros contextos, con intercambios electrónicos como este se podría hablar de la creación de «esferas públicas periféricas».56 En ellas, el público se estructura a partir de sujetos activos que no solo confrontan criterios, sino que articulan acciones de transformación política. Según Víctor Sampedro, estaríamos refiriéndonos a «una pluralidad infinita de espacios sociales desde los que romper o hacer avanzar el consenso social, la opinión pública, hacia metas y territorios hasta ahora desconocidos. La versatilidad e interconexión entre esos espacios de debate resulta potencialmente ilimitada, de una riqueza y variedad insospechadas».57 El área de interacción ciudadana se dota ahora de nuevas complejidades. Las posibilidades brindadas por las tecnologías de la información y la comunicación se erigen en alternativas para construir intercambios en los que se expresan opiniones invisibilizadas cotidianamente.
Gracias a los recursos aportados por diversas herramientas, la esfera virtual puede devenir cauce de ansias reprimidas de expresión del criterio. Puede ser identificada como espacio suplente de los tradicionales. De hecho, una de las ventajas más estimadas de la confrontación electrónica es la relativamente nimia regulación que se le puede aplicar. Teniendo en cuenta esta posibilidad, los actores pueden expresarse con contenidos y estilos que no serían admitidos en otros contextos. Sin embargo, dicha condición no siempre es aprovechada en un sentido positivo, sino que, al depender altamente de los límites éticos de cada cual, también puede ser utilizada para introducir en el área de confrontación electrónica vulgaridades e impertinencias.
Otra de las prerrogativas generales que ofrece el uso de herramientas como el correo electrónico es la capacidad de interactuar. A partir de ella, múltiples actores pueden reaccionar ante cualquier mensaje para crear un tejido de opiniones confluyentes. A esto se une la posibilidad de distintos sujetos de intervenir en el área de confrontación desde puntos geográficos diversos y distantes.
No obstante estas posibilidades, en cualquier análisis sobre el impacto de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en un contexto en específico, es menester relativizar su potencial liberador. Esto se logra aludiendo a los diversos tipos de apropiación de que son objeto los nuevos recursos. Aun cuando a partir de ellos puedan estructurase procesos dinamizadores de la esfera pública, surgen también nuevas maneras de manifestarse la abulia ciudadana. El debate electrónico posee una apariencia engañosa. Algunos pueden limitar su participación a este tipo de confrontación, y no considerar, sin embargo, que la verdadera acción política se dirime fuera de lo virtual.
El desafío para los decisores políticos en un contexto como el cubano se establece entonces en dos sentidos fundamentales: primero, en la necesidad de reflexionar sobre las condiciones propiciadoras de un desplazamiento de la confrontación hacia las nuevas esferas; y en segundo lugar, en lo imprescindible de interactuar con estas áreas de debate, para canalizar y potenciar acciones de transformación relacionadas con las inquietudes orgánicas a nuestro sistema. Quizá una de las aristas más interesantes del proceso estudiado es la reacción de ciertos decisores ante la interacción electrónica. Algunos supieron aprovechar la discusión y contestar a las interrogantes de los debatientes, lo que constituye un ejemplo revelador dentro del espacio público cubano.
Nos interesa destacar el modo en que se ha complejizado la esfera pública de la Isla y la forma en que nuevas modalidades de comunicación comienzan a cohabitar con las ya tradicionales. El debate electrónico estudiado permite conocer matices de la voz intelectual cubana, y marca una continuidad con esa larga y revolucionaria tradición de inconformidad de este grupo social con los problemas del entorno.
El proyecto de nación que defendemos, perfectible sin dudas, requiere de una renovación constante que pueda sostenerlo dentro del abrumador proceso de selección natural global. Para ello, se necesita del concurso de todos aquellos que puedan aportar una mirada compleja, responsable y constructiva, al análisis de la nada simple realidad. Esto permitiría una detección comprometida de las posibles fisuras y debilidades de la obra colectiva. En las condiciones actuales de Cuba, se hace trascendental la contribución del criterio —y la acción— no solo de los intelectuales, sino de aquellos que desde una posición orgánica al sistema aprovechen todas las herramientas a su alcance, para extender sus posicionamientos críticos protectores de nuestra Revolución.
Notas
1. Jorge Luis Acanda, «El malestar de los intelectuales», Temas, n. 29, La Habana, abril-junio de 2002, p. 15.
2. Este artículo forma parte del Trabajo de diploma de los autores, defendido recientemente en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Su objetivo fue aludir someramente a las características generales de una confrontación en la red electrónica sobre política cultural, efectuada entre intelectuales cubanos desde enero de 2007.
3. Jürgen Habermas, «The Public Sphere: an Encyclopaedia Article», New German Critique, a. 1, n. 3, Nueva York, 1974, p. 49. Es este el autor de una obra fundamental referida al surgimiento de la esfera pública burguesa: Historia crítica de la opinión pública.
4. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, t. 5, Editorial Era, México, DF, 1999, p. 412.
5. Los primeros responden a organizaciones económicas precapitalistas, en las cuales asumían los roles de funcionarios del gobierno, escribas, sacerdotes y otras formas más típicas como la del literato, el filósofo y el artista. El orgánico, por su parte, debe su surgimiento al desarrollo del capitalismo que trajo aparejado la estructuración de nuevas funciones y relaciones sociales.
6. Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1960, p. 18.
7. Jorge Luis Acanda, ob. cit., p. 15.
8. Desde los prístinos momentos en que se cocía nuestra conciencia nacional, la intelectualidad cubana comenzó a trascender las cuestiones de alta cultura para infiltrar su interés en el dominio de los destinos de la nación. Un buen ejemplo de ello sería el de aquellas figuras de finales del siglo XVIII e inicios del XIX que, desde el Seminario San Carlos y San Ambrosio, hicieron ostensible su inconformidad con cuestiones trascendentales de la realidad doméstica del momento.
9. Graziella Pogolotti, «Los polémicos sesenta», en Graziella Pogolotti, comp., Polémicas culturales de los 60, Editorial Letras Cubanas, La Habana, p. X.
10. Graziella Pogolotti, «Sobre carbones ardientes», en Alfredo Guevara, Tiempo de fundación, Iberautor Promociones Culturales S. L., Madrid, 2003, p. 9.
11. Roberto Fernández Retamar, Cuba defendida, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004, p. 280.
12. Ambrosio Fornet, «El quinquenio gris: revisitando el término», Casa de las Américas, a. XLVII, n. 246, La Habana, enero-marzo, 2007.
13. Para encontrar mayor información sobre el caso Padilla, pueden ser consultados Lourdes Casal, El caso Padilla: literatura y revolución en Cuba, Ediciones Universal, Miami, s/f; Casa de las Américas, n. 65-66, La habana, marzo-junio, 1971.
14. «Declaración final del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura», Casa de las Américas, ed. cit., pp. 4-19.
15. Ambrosio Fornet, ob. cit., p. 11.
16. Ibídem, p. 12.
17. Aurelio Alonso, El laberinto tras la caída del muro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 232.
18. Fernando Martínez Heredia, El corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001, p. 102.
19. Haroldo Dilla, «Comunidad, participación y socialismo: reinterpretando el dilema cubano», en Haroldo Dilla, comp., La participación en Cuba y los retos del futuro, Centro de Estudios de América, La Habana, 1996, p. 22.
20. Rafael Hernández, Sin urna de cristal. Pensamiento y cultura en Cuba, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2003, p. 20.
21. Ídem.
22. Rosa Miriam Elizalde y Grissel Pérez, «La polémica: su presencia en programas informativos de la televisión cubana», Trabajo de diploma, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 1989, pp. 33-4.
23. Armando Hart, Del trabajo cultural. Selección de discursos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, pp. 310-1.
24. Ibídem, pp. 140-1.
25. Arturo Arango, Segundas reincidencias, Editorial Capiro, Santa Clara, 2002, pp. 54-5.
26. Gerardo Mosquera, «Artes plásticas: un nuevo salto de venado», Revolución y Cultura, n. 6, La Habana, 1981.
27. Arturo Arango, ob. cit., p. 87.
28. Gerardo Mosquera, ob. cit., p. 73.
29. Arturo Arango, ob. cit., p. 28.
30. Ibídem, p. 87.
31. Leonardo Padura, «Vivir en Cuba, crear en Cuba: riesgo y desafío», en Leonado Padura y John M. Kirk, La cultura y la Revolución cubana, Editorial Plaza Mayor, San Juan, 2002.
32. Ibídem, p. 326.
33. Rafael Hernández, «Espejo de paciencia. Notas sobre estudios cubanos, ciencias sociales y pensamiento en Cuba contemporánea», en Joseph S. Tulchin et al., eds., Cambios en la sociedad cubana desde los 90, Woodrow Wilson Internacional Center for Scholars, Washington DC, 2005, p. 162.
34. Daniel Salas González, «La Gaceta de Cuba: a la cultura, ida y vuelta», Trabajo de diploma, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 2007.
35. Ibídem, pp. 5-6.
36. Desiderio Navarro, Las causas de las cosas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p. 18.
37. Rafael Hernández, Sin urna de cristal…, ed. cit., p. 22.
38. Entrevista a Julio César Guanche, por los autores, 18 de enero y 28-29 de febrero de 2008.
39. Alfredo Guevara, Tiempo de fundación, ed. cit., p. 40.
40. El 5 de enero de 2007 se inicia un proceso de confrontación a través de correos electrónicos relacionado con la omisión de ciertos aspectos biográficos en la aparición en televisión de antiguos agentes reguladores de la cultura (Luis Pavón Tamayo, Jorge Serguera y Armando Quesada). Estos se habían caracterizado por la imposición de grandes restricciones en el campo cultual cubano. Entre los primeros participantes del intercambio se pueden mencionar a Jorge Ángel Pérez, Desiderio Navarro, Arturo Arango, y Reynaldo González. En las 72 horas siguientes, se adhirieron a la protesta intelectuales residentes tanto en la Isla como en el exterior. Gracias a las posibilidades de interacción del «espacio virtual», lograron crear un área de debate caracterizada, fundamentalmente, por la multiplicidad de perspectivas actuantes y diversidad de diálogos internos. El debate abordó, aunque no únicamente, un tópico necesitado de urgentes reflexiones en la Cuba de hoy: el de la historia de la política cultural de la Revolución. Se hizo énfasis en el denominado quinquenio gris; sin embargo, otros períodos históricos, y diversidad de tópicos fueron referenciados frecuentemente. Uno de ellos es el centro de este artículo: el modo en que se visibiliza la voz intelectual en la esfera pública cubana.
41. Fernando Martínez Heredia, en presentación del libro La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, 22 de febrero de 2008 (versión digital).
42. Entrevista a Arturo Arango, por los autores, 11 de enero de 2008.
43. Entrevista a Graziella Pogolotti, por los autores, 24 de marzo de 2008.
44. Desiderio Navarro, «¿Cuántos años y de qué color? Para una introducción al ciclo de conferencias de Criterios», en Desiderio Navarro et. al., La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, Centro Teórico-Cultural Criterios, La Habana, 2008, p. 17.
45. Entrevista a Sigfredo Ariel, por los autores, 4 de abril de 2008.
46. Ídem.
47. Entrevista a Arturo Arango, cit.
48. Entre estas pueden mencionarse la idea de Desiderio Navarro de conformar el ciclo de conferencias del Centro Teórico-Cultural Criterios, iniciado el 30 de enero de 2007; la publicación de un libro en el que se agruparan estas conferencias, y la creación de una Cátedra para el estudio del tópico antes mencionado.
49. Entrevista a Graziella Pogolotti, cit.
50. Entrevista a Julio César Guanche, cit.
51. En un mensaje dirigido por Desiderio Navarro a Orlando Hernández el 14 de enero de 2007, posteriormente publicado, se resaltaba lo necesario de una discusión académica sobre ese período (el quinquenio gris) de la política cultural cubana y sus «secuelas, supervivencias y recidivas». Para este autor, la ausencia de diversas miradas sobre el tema, «con sus descripciones, análisis, interpretaciones, explicaciones y valoraciones», puede indicarse como una de las principales causas de «que ese período y los fenómenos de ese período que sobreviven o reviven en los subsiguientes» sean ignorados por tantas personas. Véase Desiderio Navarro en presentación del libro La política cultural…, ob. cit.
52. Las intervenciones de Mario Coyula sobre arquitectura y de Martínez Heredia sobre ciencias sociales dan prueba de ello.
53. Es necesario señalar el interés de los organizadores por responder a inquietudes de sectores, inconformes (como el de los jóvenes) con el modo en que fue conformado el primer encuentro.
54. Fernando Martínez Heredia en presentación del libro La política cultural…, ob. cit.
55. Entrevista a Esther Pérez, por los autores, 17 de diciembre de 2007.
56. Puede acudirse, entre otros, a los siguientes trabajos: Víctor Sampedro, «¿Redes de nudos o vacíos? Nuevas tecnologías y tejido social», disponible en www.nodo50.org, consultado el 3 de febrero de 2008; Guillermo López García, «Comunicación en red y mutaciones de la esfera pública», Zer, disponible en www.ehu.es, consultado el 5 de noviembre de 2007.
57. Víctor Sampedro, ob. cit.
Tomado de TEMAS no. 56 octubre-diciembre 2008






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