Por Félix Sautié Mederos. E-Mail: fsautie@yahoo.com
Desde hace algunos días, he sufrido problemas de salud que me han obligado a estar confinado en mi casa, en un reposo recuperador, y he tenido más oportunidades para pensar sin las presiones del cumplimiento de tareas externas. Les confieso que a veces, este reposo sin alternativas es muy importante porque pone a disposición del pensamiento todo el tiempo del día y, entonces, el desfile de problemas e ideas se transforma en torrente.
Hay quienes no hablan de estas etapas de confinamiento obligado por problemas de salud y las tratan de ocultar al máximo que les es posible. Quizás sea por un prurito de mantener una imagen fuerte a pesar del tiempo y de nuestras debilidades somáticas y espirituales, que son propias de la condición humana. Yo, en cambio, siempre he preferido la franqueza y la honradez del pensamiento expresado con nombre, apellidos, pelos y señales. Pienso que eso es esencial para la intercomunicación subjetiva con los que me lean, así como para validar lo que digo con la confianza de que es genuino, pero ello constituye un problema de métodos y estilos que no me propongo analizar a profundidad; sólo dejarlo consignado.
Esos momentos de soledad con nosotros mismos adquieren un valor especial porque propician, como nunca antes, que el ser interior, que es principalmente conciencia personal, ponga más descarnadamente ante nosotros problemas que muchas veces constituyen un tabú. Uno de estos problemas es el miedo, del cual he escrito algunas veces y ha sido objeto de mis meditaciones porque percibo miedo a mí alrededor, en mi entorno y más allá. Son causas que lo motivan las crisis, las epidemias reales o magnificadas, los trastornos del clima, inundaciones, terremotos, la temporada de ciclones, junto con las intransigencias, descalificaciones, amenazas e insultos de los autoritarismos ciegos que pujan por ahogar el pensamiento y las voluntades de las personas.
Propagar el miedo nunca es justificable y cuando se manipula para que nos teman en lo personal o en lo institucional, la autoridad moral se degrada y se pierde. Entonces esos miedos crean sinergias invisibles y subterráneas que dan potencia y energías a acciones impredecibles, que no se pueden percibir fácilmente hasta que se ponen en marcha. Esto suele suceder, cuando la obcecación se superpone a la razón.
En resumen, hay muchos motivos de miedos que enferman a la sociedad contemporánea y de que podamos superarlos dependerá que se encuentren verdaderas soluciones y salidas. Es entonces, cuando del miedo y su propiciación devienen un factor perverso y extraño a cualquier sentido de humanismo. Los caminos hacia el logro de la paz, la equidad, la justicia social y la preservación de biodiversidad natural y social, nunca podrían estar dinamizados por los miedos, porque se harían muy inseguros y poco confiables para quienes deberíamos transitarlos. Si el amor es el sentimiento más supremo que nos conduce a la justicia, sus antítesis principales, que son el odio y el rencor, nunca podrían dar fundamento a una idea o concepto por muy justos que pretendan ser.
Poner a las personas en estado de indefensión por motivo de su pensamiento y sus ideas, enturbia y enferma a la vida en sociedad. Propiciar y manipular el miedo es un factor perverso injustificable que nada tiene que ver con la justicia y la verdad. Así lo pienso y así lo escribo para compartirlo con quienes me lean y tengan oídos para oír.
Publicado en Por Esto! el lunes 8 de junio del 2009-
http://www.poresto.net/opiniones/38857-el-miedo-como-factor-perverso






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