Algo de lo que dicen y no dicen nuestras Estadísticas Culturales.
 
Por: Félix Sánchez
En una hectárea de tierra un horticultor logra en el año 2005 dos libras de lechugas; en el 2006 supera con creces esos resultados al triplicar la producción: seis libras de lechugas. En el año 2007 hace un gran esfuerzo, entusiasmado con la buena marcha de su huerta, y alcanza el récord de treinta libras de lechuga. En solo un año ha quintuplicado el resultado del año anterior. Se trata de un gran salto. Y el horticultor, que desaprovecha el 99,9% del área de su huerta, mira los porcientos obtenidos en las sucesivas comparaciones y se considera uno de los horticultores más destacados de la comarca, del país y del universo.


He creado tal historia hortelana inspirado en la lectura en estos días de un grupo importante de documentos donde se registran nuestras Estadísticas Culturales.
Para evitar que horticultores tontos tomen como criterio de eficiencia solo la superación de una cosecha con relación a la anterior, existe en el mundo de la agricultura un conjunto de indicadores encargados de destruir espejismos. Cuando el horticultor tonto se presenta ante la opinión pública, ante sus colegas, con las treinta libras de lechugas frescas cosechadas en su hectárea de tierra negra, espléndida, los conocedores de horticultura, una vez le han escuchado los crecientes porcientos, tiran de criterios bien fundados, de indicadores bien científicos y le bajan los tontos humos: una hectárea de tierra negra debe dar, en cada cosecha de lechugas, entre tantos y tantos quintales. Si utiliza, como es su caso, regadío, esto debe ser cerca de las tantas toneladas. Si la lechuga que ha sembrado es la del tipo tal, entonces un buen resultado se considera el alcanzar entre tantas y tantas toneladas. Y ante el abrumado horticultor desfilan los restantes especialistas: cada libra de lechuga le ha costado producirla tantos pesos, como han trabajado en la huerta él y sus dos hijos, el rendimiento de lechugas por trabajador ha sido de escasamente tantos gramos. Y así, y así. La ciencia de la agricultura, de la mano de la biología, de la economía, se ha lanzado a colocar en su justo sitio al horticultor optimista.
He creado, digo, esta historia, leyendo recientemente nuestras Estadísticas Culturales. La asociación, por supuesto, no es fortuita. Nuestras Estadísticas Culturales tienen una enfermiza inclinación a comparar todo con el año vencido, sin ir más allá. Para ellas, avanzar con relación al año anterior es sinónimo de satisfacción. De ese modo confunden el avance de un año en relación con el anterior con estar bien, que no es lo mismo ni se escribe igual. Una institución puede crecer en sus indicadores entre el año 2000 y el 2008 en apenas un 1% porque ya se encuentra casi al tope de sus posibilidades, y parecer más rezagada que otra que, aunque creció entre el 2000 y el 2008 en un 30% en sus indicadores, no ha hecho otra cosa que avanzar lentamente hacia una eficiencia que todavía le es distante.
Ah, nuestras Estadísticas Culturales
Sería distinto si para ellas un cine de 130 lunetas, en una población de 15 000 habitantes, con dos equipos de proyección, un abastecimiento estable de películas, tiene como criterio de eficiencia lograr entre 50 y 60 proyecciones al año, con una asistencia que sobrepase el 70% de sus capacidades en explotación (una media de 91 personas por función), y que en encuesta en la población se obtenga que entre el 3 y el 5% de los encuestados declare que al menos ha ido una vez al cine en el año y de esos que fueron no menos del 50% declare satisfacción por la calidad de la programación. Entonces el resultado del año vencido al compararse con el año anterior solo daría un indicador: “lo avanzado con relación a igual período”, pero los verdaderos criterios de eficiencia se obtendrían evaluando el estado real de esos indicadores, es decir su cercanía o lejanía del modelo.
Ah, los indicadores. Es la ausencia de estos lo que hace de nuestras Estadísticas Culturales un grupo de datos que se comparan con el año anterior y nada más, sin medir el estado, sin revelar las distancias entre lo logrado y lo que debía lograrse. Veamos un juicio de ese tipo, sobre las actividades teatrales, vertido en el cuaderno Estadísticas Culturales 2006 del MINCULT.
Hay un incremento en las funciones (3445) y en los asistentes (118.79), esto está dado, al igual que en las instalaciones por un mejoramiento considerable en la programación, mayor promoción en los medios televisivos, radiales y en la prensa escrita, la explotación de espacios abiertos, las giras nacionales…”(1)Ya, el 2006 ha superado el 2005 y es suficiente para repartir elogios. Es esa toda la lectura que se hace de los datos, dándolos como satisfactorios. Pero falta lo esencial: ¿ese número de funciones y de espectadores alcanza el nivel que se puede considerar satisfactorio teniendo en cuenta la cantidad de salas del país, las capacidades de estas, la cifra de grupos de teatro existentes, la frecuencia con que deben actuar esos grupos? ¿Ese crecimiento se produce en la misma proporción que los recursos invertidos en la esfera teatral en el año? ¿A qué distancia están aún esos resultados de lo que se debía y podía lograr? Como esas estadísticas no son capaces de satisfacer tales interrogantes pueden estar presentando entonces un dato feliz a costa de no revelar la verdadera situación que se presenta.
¿Cuál es el promedio de libros adquiridos por habitante en un año que se puede considerar satisfactorio en nuestro país por su grado de instrucción, por la cantidad de librerías, por el volumen de la producción editorial y sus precios? En un estudio sobre la lectura en América Latina, su autora señala alarmada: “Los más de 500 millones de habitantes de AL consumen casi 900 millones de libros al año […], por lo que el promedio no alcanza dos libros anuales por persona, lo que en consecuencia afecta las estadísticas de ventas de este producto”. (2) A la autora le parece muy bajo ese menos de dos libros por persona. ¿Cómo se comporta ese indicador en Cuba? ¿Lo sabemos?
No, en las Estadísticas Culturales cubanas no hay un solo dato de los libros que adquiere la población en un año y por tanto no hay promedio ni ideal, ni bueno, ni real, ni ambicionado. Simplemente ese dato de “libros adquiridos por habitantes” no es importante. Se ofrece únicamente información sobre el monto de lo vendido por las librerías, de modo que se puede estar mejor vendiendo menos libros… pero más caros. Y así leerse el dato de que la gente gasta más en libros como si dijera que la gente lee más.
“La mayoría de las librerías han cumplido el plan de ventas del año, a pesar de que la cantidad y variedad de mercancía no es suficiente, ni logra satisfacer las necesidades de la población, sobre todo la temática infantil”.(3) Un buen ejemplo de inversión en los datos. Luego del “a pesar” viene lo culturalmente importante y es negativo, pero precedido de un rutilante dato económico y que en términos de “acceso al libro” no dice nada: “han cumplido el plan de ventas del año”. ¡Para qué ponerse a correr las librerías, los Centros de Promoción, los integrantes del Departamento Comercial del Centro provincial del Libro si han cumplido el plan de ventas del año!
Claro, si el indicador sobre el promedio de libros adquiridos existiera podríamos preguntarnos muchas cosas más. ¿Cómo se reajusta este promedio ideal o positivo si se lleva a un pueblo pequeño, dedicado básicamente a actividades del campo? ¿Cómo debe ser ese promedio si se trata de un pueblo ubicado en una zona de desarrollo, con gran cantidad de población flotante que también adquiere libros, como es el caso de Morón o Mariano? ¿Qué provincias y municipios están por debajo de la media nacional y por tanto deben incrementar sus acciones promocionales?
Pero no es necesario esto, repito. Son demasiadas preguntas. Preguntas incómodas, como todas las que viajan hacia las esencias de las cosas. Las Estadísticas Culturales nuestras no tienen indicadores de evaluación como los hay en todas las esferas de la vida. En educación, además de alumnos promovidos, se evalúa la calidad de la promoción por los índices académicos. En la siembra de papa se establece un límite de quintales como mínimo por hectárea para considerar buena la temporada. En la medicina se toma para evaluar el índice que la OMS tiene fijado como satisfactorio.
Confundir dato frío con estadística es una de las insuficiencias que arroja una revisión de nuestras Estadísticas Culturales.
…hay que hacer una distinción entre datos y estadísticas. Los datos se derivan directamente de la realidad, mientras que las estadísticas son cifras derivadas de la aplicación de fórmulas matemáticas sobre esos datos. Los datos son un reflejo directo de lo que acontece en la sociedad, mientras que las estadísticas son una interpretación que permite profundizar en el significado de esos datos.(4)
Interpretación, eso es, ver lo implícito. Otra problemática radica en la deficiente elaboración de los Indicadores Culturales.
Un indicador no es, o no debería ser, una estadística pura. Podemos decir que un indicador es una estadística que ha sido procesada con el fin de entregar información específica. Por ende, un indicador cultural se diseña especialmente con el fin de entregar información pertinente a las políticas culturales. Un indicador es más que un dato: es una herramienta diseñada a partir de datos que le dan sentido y facilitan la comprensión de la información. Un indicador debe ser una información sintética que oriente sobre dónde se está respecto a cierta política y que ayude a los responsables políticas en la toma de decisiones.(5)
“Que oriente sobre donde se está respecto a cierta política”. Ah, nuestras Estadísticas Culturales no necesitan nada de esa complicada teoría. El año 2008 superó al 2007 en el volumen de las ventas de libros (en pesos), en el número de asistentes a los conciertos, en la cantidad de presentaciones musicales. Y eso es suficiente: no sabemos dónde estamos pero sí que avanzamos. Lo importante no es saber nuestra ubicación con respecto a un punto dado, al parecer lo importante para las Estadísticas Culturales es el movimiento. Basta, pues, con avanzar.
NOTAS:
(1) Estadísticas Culturales 2006, Ministerio de Cultura, Dirección de Economía, Junio 2007, p. 31.
(2) Rosa Luz Dávila Castañeda: “El libro en América Latina: situación actual y políticas públicas” (www.oei.es/fomentolectura/libro_en_Latinoamerica_davila.pdf).
(3) Ob. Cit (1), p. 19.
(4) Lluis Bonet: “Reflexiones a propósito de Indicadores y Estadísticas Culturales”, en Boletín Gestión Cultural, No. 7, Abril 2004.
(5) Mariana Pfenniger: “Indicadores y estadísticas culturales: un breve repaso conceptual” (en Portal Iberoamericano de Gestión Cultural, Boletín Gestión Cultural No7: Indicadores y Estadísticas Culturales, abril de 2004).
http://www.esquife.cult.cu/revista/66/07.htm