En la medida que el mundo en que vivimos hoy se complica más con las crisis, las guerras, los rencores, los odios y las imposiciones de quienes no aceptan el derecho a que los demás piensen por sí mismos y expresen sus opiniones con independencia de conciencia, se sitúa en los primeros planos del orden del día el problema de lo posible, lo imposible y la utopía porque los caminos para salir adelante, en circunstancias tan complicadas y difíciles, requieren de un gran sentido de la creatividad y del esfuerzo para ir más allá de lo posible y forjar las utopías de lo imposible, lo que podría exponernos al juicio de quienes no van más allá de lo establecido.
Estas circunstancias podrían convertirse, además, en caldo de cultivo para los oportunismos de nuevo tipo y para los conformismos de quienes le tienen miedo a la utopía porque podría cambiar sus intereses de vida o, simplemente, la consideran algo inalcanzable. A nivel planetario, las sociedades se conmocionan en medio de un gran contrapunteo entre la política y la burocracia.
En este orden de cosas, el sentido de lo que en política se considera como lo posible nubla, en muchas ocasiones, el entendimiento hacia el futuro porque lo que hoy se plantea como imposible puede coincidir con lo necesario que tiene que ver con la utopía y pone, ante nosotros, a los más nobles proyectos anhelados por la humanidad.

Escribo sobre un asunto que considero vital en estos momentos, cuando muchos caminos se nos cierran, y parece que el mundo podría estallar en mil pedazos sin que podamos hacer algo verdaderamente útil para enfrentarnos a los procesos autodestructivos que ya están en marcha y que algunos se niegan a reconocer. Puede haber diversos puntos de vista para enfrentar estas cuestiones y no muchos coincidir con lo más justo para todos porque la injusticia, ocasionalmente, aparece metamorfoseada en las más diversas formas y latitudes, incluso se mezcla con el sentido de lo justo por causa de los intereses de clases que clasifican, califican y descalifican.
Por otra parte, debo decir que los cristianos marchamos en pos de una utopía suprema anunciada por Jesús con el establecimiento de un Reino de amor, justicia y paz. Muchos tratan de descalificar a los que hablamos de la utopía y nos señalan como seres que nos situamos fuera de la realidad y batallamos por cosas inalcanzables, más aún si hablamos de cristianismo. Esta es una concepción básica de algunos de los que se denominan pragmáticos.
Hay otros que no entienden la relación estrecha que existe entre la doctrina cristiana y la justicia que nos iguala a todos en los derechos por ser hijos de Dios. Este fenómeno existe fuera y dentro de las estructuras religiosas, porque hay quienes interpretan la religión con un concepto estructural jerárquico de clases, que clasifica y divide conforme a intereses propios del mundo y del egoísmo que poco tienen que ver con Jesús el Carpintero y con el Padre acogedor de amor y misericordia que no es para nada el Dios, Señor Rey de los Ejércitos, castigador de culpas que juzga inmisericordemente a todos.
Dios es el Padre que nos ama y que clama por la justicia y la paz. Esa es la verdadera visión del Dios de Jesús que preside la utopía del Reino de amor y justicia suprema. En consecuencia, los cristianos de convicción luchamos por la utopía y por el amor para hacerlos posibles aquí y en el más allá. Yo pienso que esto necesariamente tiene que ver con las concepciones del socialismo soñado que deberíamos construir, sin esquemas ni exclusiones, en este Siglo XXI. Así lo añoro y así lo escribo.
Publicado en Por Esto!, el lunes 31 de agosto del 2009. http://www.poresto.net/cgi-bin/news.cgi?f=4241