Cada año, durante los primeros días de septiembre, en los países del hemisferio occidental es muy difícil sustraerse del tema de la educación porque la temporada marca el inicio del curso escolar en los diversos niveles e instancias de la vida y de la formación de las nuevas generaciones que necesariamente serán los forjadores del futuro y por quienes, en definitiva, luchamos para que nuestra especie pueda continuar adelante.


 
Los retos y desafíos a que hoy estamos expuestos son muchos, parecería que como nunca antes desde que la humanidad tiene historia contada. Esos retos y desafíos, por su naturaleza, conciernen con mayor intensidad a quienes hoy crecen y se desarrollan. Yo pienso que la educación y la esperanza se dan la mano y se retroalimentan porque la esperanza es la clave del futuro y la esperanza necesita de la formación de las nuevas generaciones que necesariamente deberán asumir los timones de mando de la sociedades que hoy disfrutamos con sus logros, insuficiencias y errores.

Lo que planteo es realidad de vida y negarse a reconocerla sería un error estratégico que necesariamente tendrían que pagar los que por ley biológica nos van a relevar y se forman hoy en las aulas que han comenzado nuevamente sus actividades docentes en este septiembre del 2009, lleno de amenazas globales climáticas, económicas, sociales y de ambiciones que se transforman en guerras efectivas y en rearme e incluso en bases militares que amenazan con nuevas guerras. Un problema importante que tenemos por delante y al que la educación no debería ser ajena, es forjar una formación para la paz, que plantee al ser humano como hermano del prójimo y nunca como lobo que mata y amenaza.
 
Tomarse muy en serio la necesidad de una educación para la paz, requiere de profundos análisis de vida y de una gran voluntad de forjar los cambios que son necesarios en todas las latitudes e instancias de nuestro tan agredido planeta. Requiere, además, de una profunda reconsideración hacia lo interno de nosotros mismos, porque muchas veces mientras que acusamos a los demás, no somos capaces de ver las vigas que en cambio tenemos nosotros dentro de nuestros propios ojos y que nos impiden identificar adecuadamente nuestros problemas, nuestros errores y nuestras insuficiencias.
 
En este orden de pensamiento, la educación debería convertirse en un campo libre del intercambio de acusaciones para dar paso al análisis profundo que forje el pensamiento liberado de ataduras, capaz de buscar la verdad que abra los caminos del futuro. Esta es una urgencia que no por compleja debería obviarse; precisamente, en esto radica la importancia que adquiere la educación que por niveles y edades debe partir de un rumbo definido que permita el crecimiento de la conciencia, del pensamiento y de la sabiduría en concordancia con el crecimiento y el desarrollo del cuerpo.

Hay que lograr las sinergias necesarias al respecto. La educación tampoco debería convertirse en una actividad apartada de toda espiritualidad y que se asemeje con la doma de los animales domésticos que usamos para trabajar extendida en sus propósitos hacia los seres humanos.

En contraposición con estas tendencias muchas veces escondidas y no declaradas, lo necesario, lo imprescindible en mi opinión ante todo, es tener conciencia de la importancia del espíritu humano así como de forjar el pensamiento propio, el conocimiento, la cultura y la creatividad que puedan abrir los caminos del futuro. Así lo pienso y así lo escribo.
Publicado en Por Esto! el lunes 7 de septiembre del 2009.
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