Desde hace varias semanas, me he ocupado en escribirles sobre la necesidad que tenemos de forjar un nuevo humanismo en las condiciones, coyunturas y circunstancias del mundo en que vivimos en estos primeros años del siglo XXI. La inspiración, como les he estado reiterando, la obtuve de una conferencia que dictó en el convento de los dominicos del Vedado habanero el Rector de la Universidad Alberto Hurtado, de Chile, padre Fernando Montes Matte S.J. No he podido culminar el tema porque sobre este asunto hay mucho que decir. En mi criterio, es crucial para todo el desenvolvimiento de la vida social en nuestro planeta.


Sin una concepción humanista podríamos llegar a un estado de barbarie científicamente ilustrada, de la cual encontramos signos por todas partes caracterizados por una violencia manifestada de las más diversas formas sutiles y expresas. La que actúa contra la civilización, misma que hemos edificado los seres humanos a partir de los grandes descubrimientos científicos y técnicos, así como de los avances en las ciencias sociales.
Si analizamos a profundidad la situación en que estamos inmersos, el panorama es desolador, pues señorea la desesperanza y ese es un asunto que no podríamos dejar de lado en la concepción y la imagen del nuevo humanismo del que les he estado escribiendo porque es necesario, ante la desesperanza generalizada, inspirar esperanza. Sin ésta, las fuerzas motrices de la sociedad se desarticulan.
El problema de la esperanza es como la sal de la vida, incluso los cristianos profesamos una fe con fundamento de esperanza porque esperamos la vida del futuro en que nos encontraremos con Dios. Ese concepto de fe en lo trascendente y en la vida del futuro tiene, en mi opinión, una función motivadora capaz de convertir a la existencia terrenal en un peregrinaje activo pasando encima de los obstáculos, amenazas y dificultades que puedan presentársenos en nuestro camino.
Un humanismo de esperanza encuentra raíces profundas en una espiritualidad coherente que nos permita asumir a la vida como algo más allá de las finalidades materiales, tras las que muchos marchan, y por las que se ejercen las violencias, las guerras, los odios y los rencores que nada o muy poco tienen que ver con las civilización y la cultura que hemos estado acumulando, como resultado del desarrollo de la historia forjada por los seres humanos con ese sentido de creatividad que nos es innato.
Escribo este artículo, precisamente en momentos cuando el Adviento 2009 va a comenzar con toda la carga de esperanza que significa el advenimiento de la época en que conmemoramos, en el mundo cristiano, la venida de Jesús, con su mensaje de amor y de justicia con el que sentó dos grandes etapas en la Historia Universal: antes y después de su presencia material y física entre nosotros.
Él planteó el amor frente a los odios y las contingencias de nuestro mundo, cuando lo que esperaban en el Israel de la época era un Mesías Rey conquistador, vino en realidad quien fue esencia de amor, paz y justicia. El Adviento es una etapa mítica del año, con encantos y misterios de recuento, renovaciones y rectificación de vida que dan bases sólidas a la esperanza que nunca deberíamos perder.
Una esperanza que, a partir de un punto de mira fijado en la trascendencia de la vida, nos motive a seguir siempre adelante luchando sin desmayo. Un nuevo humanismo para una nueva era, necesariamente tendría que ser un humanismo de esperanzas movilizadoras. Trabajemos en pos de un adviento activo, generador de esperanzas, para un mundo mejor. Publicado en Por Esto! el lunes 20 de noviembre del 2009.
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