Les escribo en el enero 72 de mi vida terrenal, que de acuerdo con la dimensión humana ya es un número considerable de eneros. Sobre la base de la técnica del calendario, enero es el inicio de una nueva medida de tiempo que marca el rumbo de lo inexorable y esencial de nuestra existencia. Nuestros eneros se van acumulando en un sentido de tránsito, que tiene siempre el tiempo marcado en función de las circunstancias y las improntas que caracterizan a la vida de cada cual en movimiento hacia un futuro de cambio final de dimensión.


Yo pienso que este un tema que para algunos es tabú y a otros simplemente no les gusta, pero constituye una realidad de la que nadie escapa. Considero que cuando ya somos adultos, es absurdo e incluso peligroso evitar este asunto, que si bien nunca debería convertirse en una obsesión, tampoco sería sano excluirlo totalmente. Vivimos en el tiempo que tiene para cada uno de nosotros un final.
Una de las fórmulas eficaces de convertirnos cada vez en mejores personas es considerar lo efímera que nos es la vida, así como que las cosas que alcanzamos, que hacemos o que aspiramos a realizar siempre estarán enmarcadas por el tiempo que mide nuestra existencia. En consecuencia entiendo que, efectivamente, existen apuros importantes a tomar en consideración, y que dejar para más adelante lo que tendríamos que hacer en el presente, corre el riesgo de que en un momento dado ya no nos alcance el tiempo ni tengamos las mismas fuerzas ni posibilidades para realizarlo.
 
Así pues, lo que deberíamos hacer, lo que nos sucede y lo que nos sucederá está montado sobre un movimiento que se asemeja al tren que hace parada en una estación a la que no retorna y que para lograr nuestras realizaciones existenciales es necesario que lo abordemos en el tiempo y el espacio específicos. Las categorías de espacio y tiempo siempre deberíamos tenerlas presente, sobre todo en función de nuestras relaciones con nuestras familias, con el prójimo, con los demás y con nosotros mismos. En este sentido como hombre de fe potencio muy especialmente la relación con lo trascendente, en especial con Dios que lo considero una realidad que está en verdad presente, y la adversidad así como la maldad las tomo como la antítesis de Dios, en ese eterno contrapunteo binario entre el bien y el mal que caracteriza a la vida en el universo.
 
Todo lo que nos rodea se encuentra enmarcado dentro de un reloj en movimiento, incluso las cosas que pueden parecernos más perennes como son la existencia del universo que no podríamos medir su inmensidad y futuro porque, quizás, no tendríamos posibilidades reales de hacerlo efectivamente si no acudimos a hipótesis y cálculos sofisticados que no son de alcance ni posibilidad generalizada, y se corresponden con el saber de los especialistas muy especializados con licencia para la redundancia del término.
 
Es por eso que los eneros me significan el recuerdo del objetivo esencial de la vida, que debería ser hacernos cada vez más humanos, más justos con los demás y más abiertos para dar paso a nuestros hijos, nuestros nietos y todos que están por venir hacia nuestras dimensiones espacio temporales.
 
En estas circunstancias, no podría dejar de tomar muy en consideración la urgente necesidad de salvar nuestro planeta, sin convertir esta consigna en una excusa para encumbrarnos sobre un objetivo tan trascendental que requiere dejar a un lado el ego que todos llevamos dentro y tomar en consideración el derecho a la existencia de los demás sin excepción, dar paso a la vida y dejar atrás rencores, odios y ambiciones desmedidas excluyentes del amor, la libertad y la paz.
 
En los momentos de publicación de este artículo se han producido muy tristes acontecimientos en Cuba y en Haití que golpean mi conciencia con fuerza y sobre los que necesariamente tendré que escribir mis sentimientos al respecto en mi próximo artículo, tratando de dejar la consternación a un lado para que las ideas se esclarezcan más efectivamente.
Publicado en Por Esto! el lunes 18 de enero del 2010
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