Publicado en Por Esto el lunes 25 de enero del 2009.
Parece que la adversidad va a marcar decisivamente al año 2010. Ya desde antes circulaban los augurios de algunos especialistas que estudian la política y la naturaleza en su conjunto, incluso dentro de los cultos sincréticos ampliamente extendidos en la población cubana se anunciaban serios problemas y desastres capaces de provocar cambios bruscos.


Más allá de la validación conceptual de estos planteamientos, no ha terminado enero y se han presentado adversidades extraordinarias, no sufridas en mucho tiempo, que pudieran servir también de presagios aún peores para lo futuro. Debo decirles que como cristiano convencido no creo en los procesos de adivinación, pero como estudioso de la sociedad, considero que no era ni es difícil avizorar grandes crisis existenciales en nuestro horizonte, porque hay cosas que vienen emitiendo señales muy fuertes y preocupantes.
La existencia humana tiene límites que no se pueden traspasar porque nacemos y nos abrimos a la vida en un instante determinado para, en otro momento futuro, terminar el peregrinaje existencial. Eso es algo innegable, pero lo que no es aceptable es que estos cambios definitivos se produzcan o se aceleren como resultado de las acciones dañinas de la humanidad en contra de nuestro plantea o por obra de la desidia.
Hay consecuencias que quizás ya no se puedan evitar, más aún tomando en consideración que desde que tenemos conocimiento escrito de la historia de nuestro planeta, siempre ha habido grandes desastres y desde que los seres humanos hemos poblado la tierra, la maldad y el desinterés por la vida de los demás han formado parte del perenne contrapunteo binario entre el bien y el mal. Pero me pregunto yo, ¿de qué podría valernos tantos avances sociales, humanísticos, científicos, culturales, económicos e incluso políticos?, si en definitiva en nuestras realidades cotidianas los echamos por la borda sin tomar en consideración que el mundo se despedaza con tragedias como las de Haití, que algunos poderosos aprovechan para sus mezquinos intereses geopolíticos.
Tampoco como cubano que ama a su país y que está convencido de que el futuro dependerá de que existan la equidad distributiva, la justicia social y la paz, me resisto a concebir que pudiera morirse alguien por causa del frío y la desatención asistencial. Debo confesarles que la conmoción espiritual y la tristeza me han embargado profundamente porque veo a mí alrededor signos de una adversidad desesperanzadora; y yo creo en la necesidad de estimular la esperanza y forjar el futuro.
Pienso que para derrotar la desesperanza es necesario enfrentarnos a los hechos con la fe de que todo es posible revertirlo y que para lograrlo hay que tomarlos en cuenta, buscando en todos los casos y circunstancias las causas profundas por muy complejas y costosas que pudieran ser.
Yo creo que lo de Haití es inusitado y símbolo de los desastres que en el futuro pudieran sobrevenir, pero por coincidencia en el tiempo no podría ocultar mi dolor ante la veintena de enfermos mentales que, según la prensa local, murieron en La Habana de frío por la “no adopción oportuna de medidas”. Sé que no tienen proporción con la magnitud de lo de Haití y con las muchas personas abandonadas que en otras latitudes mueren de frío y ello me duele en el alma, porque no debería morir nunca ni una sola persona abandonada, para eso luchamos mucho en pro de una sociedad humana, de amor y de justicia social. No obstante, tengo fe en el futuro.
 
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