El tiempo tiene también su geografía. Llegamos a las márgenes de un gran río. Primeras fechas del siglo y del milenio. En esta orilla, tanta o más historia que la desandada en los caminos. La historia por vivir, hace más importante la historia vivida, y la historia vivida da sentido permanente a la historia por vivir.
Nos arriesgamos siempre por el filo turbulento del presente, que puede ser al mismo tiempo un fugaz recodo de meditaciones y transformaciones o una navaja afilada.
Dos mareas globalizadoras se nos abalanzan continuamente desde direcciones contradictorias.
De un lado, un turbión desintegrador, que derriba lo acumulado, sin distinciones, y deja una orfandad drástica de valores, paradigmas y sistemas guías.
Del otro, una ola unitiva y amplificada, que sin embargo refuerza dos conceptos de unidad básicos que se vienen redimiendo a sí mismos desde los orígenes: el individuo y la diversidad.
Los componentes duales de la inseparable humanidad.
Pareciera por momentos, bajo el influjo del turbión que ya nada es lo que fue ni lo que parece. E incluso, a menudo, que la inteligencia se declara impotente para conocer, reconocer y reedificar viejos y nuevos templos de supervivencia y amor a la propia extirpe, a la naturaleza, a la sociedad, al universo, así como restituir la continuidad de los sucesos que nos arrastran al devenir y la Historia.
Hegel, imbuido de la noción casi infantil pero interesada de que su época llegaba al tope de la experiencia humana, también creyó en el fin de la Historia. No es inverosímil pensar que en Grecia y Roma antiguas, así como en otras civilizaciones o imperios más o menos remotos, semejantes ilusiones anidaran en las neuronas pretenciosas de pensadores o caudillos. Todos ellos lucharon también, casi como una misma causa, por la trascendencia o inmortalidad de sus almas y cuerpos físicos.
Desmantelada esa ilusión, los viejos imperios y absolutismos, así como sus ambiciones de perennidad, se disolvieron en el viento. Los parajes del planeta sirvieron de escenarios a sucesos imprevisibles e impensables. En un planeta redondo no lograrían faltar nunca las ruedas de la Historia.
La historia marcha siempre, aunque a veces utiliza desfiladeros o callejones, mientras en otras surca avenidas, océanos o muchedumbres. Se retrocede y se avanza. Se avanza y retrocede.
La inteligencia se adapta y supervive. La inteligencia supervive y se adapta. Adaptarse es supervivir. Supervivir es adaptarse. La perfección no es un fin alcanzable definitivamente, pero adaptarse y supervivir y supervivir y adaptarse, para la especie humana son círculos constantes de una perfección siempre en progreso.
Y las utopías y esperanzas, y el acendrado humanismo de seguir adelante y de ser buenos o mejores, permanecen como brújulas en el trayecto.
Lo que acaece actualmente en realidad es que la historia asume una intensidad y velocidad antes no conocidos. Nunca hubo más historia contenida que en la época en que se anuncia el fin de la Historia.. La ambición apresurada de liquidar las cuentas de la Historia, ha sido el deseo ruin de congelar en sus status actuales el mundo contemporáneo, que benefician sin fin al poderoso y disminuyen sin escrúpulos al más débil.
El ser humano, como individuo y como sociedad, no encontró rumbos definitivos, porque tal vez la quimera mayor es ese “rumbo definitivo” para encauzar el ascenso de las culturas que engendró. Los rumbos definitivos son engañosos. Conocemos hasta el borde lo posible. Luego el tiempo se echa sobre nosotros de forma impredecible y encuentra caminos insospechados.
Errar, y tal vez más tarde rectificar, parece ser el más sabio signo humano y de la humanidad, mientras deambula por el tiempo. Se rectifica en el camino, mientras se anda. Los dogmas son epocales, aunque increíblemente se sustituyen unos a otros.
Se deberá aún fraternizar nutridos proyectos, armonizarlos con el entorno natural, respetar variabilidades, y llevar, en medio de debates esclarecedores y repletos de imaginación y razón, las posibilidades de estas comprensiones hasta sus límites posibles e imposibles..
Análisis colectivos, ejercicio crítico y creatividad, son herramientas colosales y como leyes del pensamiento.
El neoliberalismo no es la globalización, es un fenómeno eventual, acompañante, enmascarador. Y transitorio. Ya esto comienza a ser quizás una antigua comprensión. Son las viejas ilusiones, en lo económico y político, que intentan predominar sobre los sueños más legítimos de grandes conglomerados humanos, que tienen raíces recientes y antiguas en las aspiraciones y rebeldías ancestrales, las revoluciones clásicas y las guerras anticolonialistas escenificadas en todo el planeta durante siglos.
Ni en Lao Tse ni en Buda ni Mahoma, encontramos raíces para ese monstruo devorador que vendría ser una globalización antihumana, que separaría definitivamente a una minoría codiciosa de una mayoría desolada y apetente hasta el final. Tampoco las tradiciones grecorromanas y las del judaísmo o cristianismo originales, son compatibles con tal neoliberalismo que se esfuerza por dimensionar hasta lo inaudito el consumismo y el egoísmo, con base en el dinero y el poder, como supremos valores perdurables..
La ola globalizadora, la inevitable, la que pudiera respetar y unificar en lo mejor, es el resultado coaligado del avance de la tecnología y la ciencia, así como de los sentimientos de hermandad, respeto y solidaridad en expansión. También de la madurez de conceptos éticos, espirituales, ideológicos y filosóficos que tienen orígenes remotos y crecen hacia la futuridad.
La ciencia, mediante la intuición ecológica, nos muestra una dirección transparente: la vida, afirma, es un conjunto de latidos y organismos, una totalidad de energías en movimiento.
Salvamos cada parte y la totalidad o naufragamos y somos arrastrados unánimemente hacia las fosas.
Imaginemos un ejemplo de signo negativo. Si, digamos, los insignificantes insectos desaparecen, detrás desaparecen las aves. Sin insectos y aves se esfuman, se paralizarán la acciones polinizadoras y dispersoras, y entonces además las flores y las semillas y los frutos y los árboles. Si cesan los árboles cesan los bosques, si cesan los bosques cesa el oxígeno. Sin oxígeno, o con una reducción drástica del fluido, la nariz se paralizará en un gesto de amargura e inmovilizará a los pulmones y la sangre.
El arte es cada vez un lenguaje de compresión y acercamientos, la obra adicionada a la naturaleza y otra compleja naturaleza incorporada tanto en lo material como en lo espiritual. La diversidad como resultado indetenible y lenguaje inmanente de las cosas vivas, es la materia prima esencial de la creación y el arte, de la sobrevida y la prosperidad posibles.
Más información no destruye diversidad ni identidad: en rigor debe revelarlas y ampararlas. La información es la traducción a lenguajes humanos de lo que siempre estuvo latente en los objetos y fenómenos, en el devenir de la Historia, en el movimiento de los astros: saber qué ocurre y cuándo y cómo, a través del papel periódico o de una pantalla de computadora, no puede convertir el dato en peligroso o agravarlo. Tal concepto solo cabe en los cerebros de quienes desean acaparar fortunas o poder para sí mismos, en una suerte imposible de solipsismo del ego y materialismo vulgar.
Solo las avalanchas manipuladoras o sin sentido, las censuras desfiguradoras, serían amenazas potenciales o reales. La estandarización y la banalización del conocimiento y la cultura, el escamoteo de la realidad, sí obliga a retroceder al individuo y lo reduce a ser larvario, impotente y anónimo.
Es la vieja historia del fuego: o le enciende la estufa al labrador o hace arder las eternidades de Giordano Bruno y Juana de Arco.
El humanismo, desde sus inicios pretendía una mirada abarcadora sobre la especie humana y sus proyectos. De manos del humanismo, la humanidad fue perdiendo prejuicios racistas, genéricos, religiosos, nacionalismos estrechos, intolerancias filosóficas. Y deben alguna vez ampliar a colectivismos abiertos los rancios feudos políticos. El humanismo es la mayor oleada globalizadora y ganó gota a gota y centímetro a centímetro, durante innúmeros episodios y arduas páginas, la inteligencia y el corazón.
La supervivencia o la ruina global siempre fue un conflicto latente, solo que lo ignorábamos.
Hoy día, para los que entendieron, el humanismo no tiene límites en la piel humana, sino que abarca hasta el más imperceptible de los seres vivos y encuentra fronteras quizás solo en el tiempo interminable. El humanismo es un concentrado resumen filosófico, artístico, literario, científico, cultural, que nos defiende de nuestras malas conciencias e instintos más perversos.
Detenidos un instante en este punto geográfico del tiempo, resulta imprescindible discernir entre unas y otras mareas globalizadoras. La Tierra se achica, no hay dudas. Pero el universo se expande, más allá de nuestras siempre rejuvenecidas fantasías. No hay dudas. Ganamos en velocidades y las distancias se empequeñecen. Pero las lejanías crecen y obligan ensanchar la comprensión y a alejar los confines.
No importa qué postmodernidad o qué otra voz o código gana terreno y se impone (si es que modernidad y modernismo agotaron impulsos y la época exige no sé cuántas necesarias innovaciones). Importa qué postmodernidad deseamos entender y amasar. Un nombre u otro no definen nada. Y postmodernidad o cualquier otra palabra sacada de las experiencias o diccionarios, no son además un producto manufacturado ni divino.
Llámese renacimiento, ilustración, modernidad o postmodernidad, o siglo XXI, o tercer milenio, las decisiones permanecen sustancialmente en nuestras manos. Si están claros las gestiones y proyectos. Si no se coloca a un lado la Historia esencial. Si el manjar de los productos de la tecnología no se digiere sin espíritu crítico y en soledad. Si conciencia y vida espiritual no ceden a burdos y obsesos apetitos materiales.
Hoy por hoy, adentrados algunos milímetros en un nuevo capítulo de Historia, creo que la mayor responsabilidad y hazaña de un auténtico gobernante o político, sería la descentralización de la inteligencia y la distribución del Poder. El individuo, sin necesidad de más riquezas o poder sobrantes, preocupado por diversidad y biodiversidad, sería la tecnología de punta dentro del cerebro humano.
También decisivo y entrelazado con las anteriores tareas, está la de la integración positiva con el mundo y sobre todo con la región, globalización indispensable para hacer frente a la marea de los más egoístas y poderosos.
Preservar el planeta, por otro lado, es como estar vivo y no es solo una tarea categórica sino además urgente. Por el despeñadero de los ricos, caerán los pobres. Por el abismo de los pobres se hundirán igualmente los ricos.
La tierra firme de la especie humana es la igualdad de individuos y naciones, la distribución sin privilegios de poderes y riquezas culturales, naturales y tecnológicas.
Martí, precursor de nuestro modernismo, así como del humanismo americano, no trasplantó modelos europeos ni estadounidenses, ni siquiera franceses, sino que sembró semillas de un modernismo descubridor, asentado en las mejores tradiciones universales y observando al mundo desde una rivera que exigía entonces, como novedad salvadora, abolición de la esclavitud, independencia de las metrópolis y soberanía del espíritu. Así como reclamar, sin fatiga, entidad plena para los territorios que fueron considerados hasta ese instante periferia del orbe reconocido.
¿Repetiremos creadoramente para la Historia inmediata que nos toca a la puerta, esta lección magistral?
La Habana, enero de 2010
POEMA DE LA SANGRE COTIDIANA






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